Y de repente lo encuentro. Parece un lema, me lo han dicho otros antes, pero suena con voz distinta. No promete y no rompe nada, deja todo como está y solo está ahí para que sonría. Tus letras en vertical, al margen izquierdo, la primera de cada verso. No sé que decirte,sé que quiero escribirte pero no se sobre qué, ni cuándo. ¿Sobre cómo hablas conmigo y le das la vuelta a lo que pienso, sobre cómo consigues ponerme roja diciendo sólo el color de mi pelo, o sobre cómo me preocupa esa obstinación tuya en hacer más de lo que te permite tu cuerpo? ¿Hoy, catorce de febrero?
Le das la vuelta a todo, mis ideas hacen volteretas cuando empiezo a hablar contigo. Lo impropio deja de serlo, lo obsceno se vuelve bonito, me defines como nunca me ha considerado nadie, y hablas de mí como si fueras escritor y yo fuera tu personaje. Conoces rincones de mí que los demás ni sospechan, y los que aún intento tapar ya no están a salvo contigo. Me haces pensar que puedes sacarme el aire y los secretos en una frase, y sin decir nada, a veces los peluches se escapan con mis dudas y un tigre que tú conoces y que no puedo controlar, sale a darte las buenas noches. Quiero aparecer, aunque sea de sombra, en cada poema que escribas, quiero que mi nombre aparezca roto en cada verso. Me gusta inspirarte, que lo compartas conmigo y que te vuelques a veces en problemas que estoy aquí para escuchar. Me ha encantado tu poema, decirte "gracias" suena pequeñito. Feliz San Valentín a tí también.
Musaraignes
jueves, 14 de febrero de 2013
lunes, 24 de diciembre de 2012
Tercera historia. Esperanzas. ¿Qué quiere Ana?
En un callejón de ladrillos grises en alguna parte de Madrid, Gato pintaba. Gritos y protestas llenaban las paredes de trazos fuertes y letras burlonas, irónicas y de colores chillones. Gato se detuvo a contemplar el grafiti que acababa de terminar y frunció el ceño, acercándose más a la pared, buscando huecos e imperfecciones. La pintura roja lagrimeaba desde los bordes de las letras mientras el frío de la calle congelaba los ladrillos y el suelo sucio del callejón. El humo del tráfico, el empalagoso aroma agridulce de un restaurante cercano y el fuerte olor de los sprays impregnaban las paredes, pero Gato no pareció darse cuenta. Terminó de darle sombras a una de las letras y sonrió satisfecho.
De pronto la adrenalina le burbujeó en las venas al oír pasos cerca del callejón en el que estaba, pero la voz que preguntó su nombre en la oscuridad le era tan familiar como la suya propia.
-David tío, ¿qué haces aquí?
Cuando por fin lo encontré, estaba rodeado de sprays, manchado de pintura y con un brillo de sorpresa en la mirada. Detrás de él, enormes letras de brillantes colores se entrelazaban en curvas retorcidas formando su firma. Casi me parecía poder tocarla con las manos.
-Gato- dije, exhausto- ¿Qué tal estás?
-Tirando...-comenzó a meter los botes en una mochila, la cerró y se la llevó al hombro. Se acercó para saludarme, y nos sonreímos. Gato sabía que algo importante me llevaba a hablar con él a esas horas de la noche, pero no me preguntó qué era. -¿Tomamos una pizza?
Asentí y salimos de aquella calle, dejando el espectacular grafiti de Gato tras nosostros. No tardamos en enocontrar mesas vacías en la terraza de una pizzeria pequeña, y nos sentamos.
Poco tiempo después nos habíamos terminado las pizzas, y habíamos hablado de todo...menos de Ana.
-Bueno-dijo Gato- supongo que no has venido a verme aquí sólo para que hablemos del tuto, ¿no?
-No.
No sabía por donde empezar, así que decidí ir al grano:
-Necesito que me hagas un favor.
-¿Cuál?
-Hay una chica...
Gato se echó hacia atrás y se apoyó en el respaldo metálico de su silla mientras me miraba, divertido.
-No es cualquier chica. Se llama Ana.
-He oido hablar de ella- me dijo Gato-¿Y qué pretendes que haga yo?
-Quiero conocerla, y la única forma es cumplir una serie de cosas que ella me ha dado escritas en una lista.
Gato bufó.
-Está jugando contigo, tío...
-Eso es lo que ella pretende, pero quiero demostrale que para mi no es ningún juego. -no traté de explicarle a Gato lo que sentía por ella, pero a juzgar por su mirada supe que podía llegar a comprenderme. Adoptó una expresión condescendiente y arrugó una servilleta de papel hasta hacerla una bola.
-¿Y yo que pinto en todo esto?
-Precisamente, necesito que pintes -dije sonriendo- Solo se me ocurre una persona que pueda ayudarme a hacer lo que pide el punto uno de la lista.
-A ver, sorpréndeme. ¿Qué quiere Ana?
-Ver su nombre desde el cielo.
Por un momento, Gato me miró sin comprender. Luego su rostro se iluminó con una sonrisa felina y me escrutó sin poder creérselo.
-No hablarás en serio...
-Ven el viernes a casa de Daniel.-le dije a la puerta metálica de la taquilla.
Esta se cerró de golpe, dejando de interponerse entre la mirada evaluativa de Ana y yo.
-¿Para qué?
-Tengo el primer punto de tu lista.
Esbozó una sonrisa tranquila y desganada y suspiró. De pronto me cabreé.
-Hablo en serio Ana. Lo pormetiste.
Ella se volvió sorprendida y alzó una ceja.
-Esta bien, D'artagnan, no te enfades. El viernes en casa de Daniel.
Le di un papelito con la dirección y ella lo metió por una rendija de su taquilla. Sin mirarme de nuevo, se alejó por el pasillo, dejándome apoyado en la pared con un irreprimiblie dolor de estómago.
De pronto la adrenalina le burbujeó en las venas al oír pasos cerca del callejón en el que estaba, pero la voz que preguntó su nombre en la oscuridad le era tan familiar como la suya propia.
-David tío, ¿qué haces aquí?
Cuando por fin lo encontré, estaba rodeado de sprays, manchado de pintura y con un brillo de sorpresa en la mirada. Detrás de él, enormes letras de brillantes colores se entrelazaban en curvas retorcidas formando su firma. Casi me parecía poder tocarla con las manos.
-Gato- dije, exhausto- ¿Qué tal estás?
-Tirando...-comenzó a meter los botes en una mochila, la cerró y se la llevó al hombro. Se acercó para saludarme, y nos sonreímos. Gato sabía que algo importante me llevaba a hablar con él a esas horas de la noche, pero no me preguntó qué era. -¿Tomamos una pizza?
Asentí y salimos de aquella calle, dejando el espectacular grafiti de Gato tras nosostros. No tardamos en enocontrar mesas vacías en la terraza de una pizzeria pequeña, y nos sentamos.
Poco tiempo después nos habíamos terminado las pizzas, y habíamos hablado de todo...menos de Ana.
-Bueno-dijo Gato- supongo que no has venido a verme aquí sólo para que hablemos del tuto, ¿no?
-No.
No sabía por donde empezar, así que decidí ir al grano:
-Necesito que me hagas un favor.
-¿Cuál?
-Hay una chica...
Gato se echó hacia atrás y se apoyó en el respaldo metálico de su silla mientras me miraba, divertido.
-No es cualquier chica. Se llama Ana.
-He oido hablar de ella- me dijo Gato-¿Y qué pretendes que haga yo?
-Quiero conocerla, y la única forma es cumplir una serie de cosas que ella me ha dado escritas en una lista.
Gato bufó.
-Está jugando contigo, tío...
-Eso es lo que ella pretende, pero quiero demostrale que para mi no es ningún juego. -no traté de explicarle a Gato lo que sentía por ella, pero a juzgar por su mirada supe que podía llegar a comprenderme. Adoptó una expresión condescendiente y arrugó una servilleta de papel hasta hacerla una bola.
-¿Y yo que pinto en todo esto?
-Precisamente, necesito que pintes -dije sonriendo- Solo se me ocurre una persona que pueda ayudarme a hacer lo que pide el punto uno de la lista.
-A ver, sorpréndeme. ¿Qué quiere Ana?
-Ver su nombre desde el cielo.
Por un momento, Gato me miró sin comprender. Luego su rostro se iluminó con una sonrisa felina y me escrutó sin poder creérselo.
-No hablarás en serio...
-Ven el viernes a casa de Daniel.-le dije a la puerta metálica de la taquilla.
Esta se cerró de golpe, dejando de interponerse entre la mirada evaluativa de Ana y yo.
-¿Para qué?
-Tengo el primer punto de tu lista.
Esbozó una sonrisa tranquila y desganada y suspiró. De pronto me cabreé.
-Hablo en serio Ana. Lo pormetiste.
Ella se volvió sorprendida y alzó una ceja.
-Esta bien, D'artagnan, no te enfades. El viernes en casa de Daniel.
Le di un papelito con la dirección y ella lo metió por una rendija de su taquilla. Sin mirarme de nuevo, se alejó por el pasillo, dejándome apoyado en la pared con un irreprimiblie dolor de estómago.
jueves, 20 de diciembre de 2012
Segunda historia: Fuegos. Los ojos de Beatriz
El fuego, el castillo, la chica.
El fuego seguía crepitando, y aumentaba su intensidad a cada segundo que pasaban los ojos nde Irvin sobre el rostro de Sora. El castillo continuaba soportando su propio peso, susurrándose cada acontecimiento que transcurría en el interior de sus paredes. Y la chica se encontraba de pie en un enorme salón, recién terminada la cena de inaguración en compañía del rey Terror, algunas doncellas, los nueve sirvientes restantes y los cuatro guardianes.
Los rubíes de su vestido refulgían iluminados por el llameante color rojo de las antorchas, que crepitaban silenciosamente desde las paredes del castillo. Los cuatro guardianes estaban de pie, delante del Rey Terror, que contemplaba a los sirvientes en hilera frente a él. La doncella de nariz afilada y ojos pistacho que les había dado la bienvenida momentos antes, tomó un papel de aspecto apergaminado entre sus dedos y, sin desplegarlo, hizo una seña a las bestias que aguardaban frente a las puertas del salón. Estas emitieron un sonoro gruñido y desaparecieron tras ellas.
Un sumiso silencio comenzó a extenderse bajo la ardiente mirada verdosa de la doncella, que los evaluaba con ojos entornados al tiempo que las bestias regresaban arrastrando lo que parecía una pila bautismal, con agua en su interior, hasta situarla entre la doncella y los temerosos sirvientes.
-Ahora dará comienzo la ceremonia de los fuegos fatuos, en la que el Rey Terror dará su aprobación ante la selección de nuevos sirvientes que hoy entran en el castillo para ofrecerle sus servicios. Os iré llamando por vuestro nombre, y si sois aceptados por el Rey, los fuegos fatuos os modificarán y os harán sirvientes.
Sora no se unió al coro de exclamaciones ahogadas ni a las sonrisas aliviadas de los demás jóvenes. Había algo en el tono de la doncella, sobre todo al pronunciar la palabra "modificarán", que le había erizado el vello de la nuca. Un joven uniformado de ojos de color ámbar se situó al lado de la doncella y asintió gravemente con la cabeza. Había salido de detrás del rey Terror, motivo por el cual a Sora se le ocurrió pensar que podría tratarse de Dante, el quinto guardián que siempre acompañaba al rey.
-Beatriz- llamó la doncella, consultando el papel ennegrecido.
La niña avanzó a pasitos vacilantes hasta situarse enfrente de aquella pila de piedra, y la doncella se apartó para que Terror pudiera examinarla. Sora observó con inquietud como el dragón exhalaba chispas y humo en dirección a Bea, y la niña se estremeció reprimiendo un sollozo. No pudo sostenerle la mirada al rey, y cuando bajó la cabeza, quedando de cara al agua de la pila, unas lenguas de fuego de colores surgieron de su interior y la envolvieron. A la niña no le dio tiempo a gritar antes de que las llamas desaparecieran en el agua, y cuando se vio reflejada en ella, unos nuevos ojos granates le devolvieron la mirada desde su rostro atrerrorizado.
El fuego seguía crepitando, y aumentaba su intensidad a cada segundo que pasaban los ojos nde Irvin sobre el rostro de Sora. El castillo continuaba soportando su propio peso, susurrándose cada acontecimiento que transcurría en el interior de sus paredes. Y la chica se encontraba de pie en un enorme salón, recién terminada la cena de inaguración en compañía del rey Terror, algunas doncellas, los nueve sirvientes restantes y los cuatro guardianes.
Los rubíes de su vestido refulgían iluminados por el llameante color rojo de las antorchas, que crepitaban silenciosamente desde las paredes del castillo. Los cuatro guardianes estaban de pie, delante del Rey Terror, que contemplaba a los sirvientes en hilera frente a él. La doncella de nariz afilada y ojos pistacho que les había dado la bienvenida momentos antes, tomó un papel de aspecto apergaminado entre sus dedos y, sin desplegarlo, hizo una seña a las bestias que aguardaban frente a las puertas del salón. Estas emitieron un sonoro gruñido y desaparecieron tras ellas.
Un sumiso silencio comenzó a extenderse bajo la ardiente mirada verdosa de la doncella, que los evaluaba con ojos entornados al tiempo que las bestias regresaban arrastrando lo que parecía una pila bautismal, con agua en su interior, hasta situarla entre la doncella y los temerosos sirvientes.
-Ahora dará comienzo la ceremonia de los fuegos fatuos, en la que el Rey Terror dará su aprobación ante la selección de nuevos sirvientes que hoy entran en el castillo para ofrecerle sus servicios. Os iré llamando por vuestro nombre, y si sois aceptados por el Rey, los fuegos fatuos os modificarán y os harán sirvientes.
Sora no se unió al coro de exclamaciones ahogadas ni a las sonrisas aliviadas de los demás jóvenes. Había algo en el tono de la doncella, sobre todo al pronunciar la palabra "modificarán", que le había erizado el vello de la nuca. Un joven uniformado de ojos de color ámbar se situó al lado de la doncella y asintió gravemente con la cabeza. Había salido de detrás del rey Terror, motivo por el cual a Sora se le ocurrió pensar que podría tratarse de Dante, el quinto guardián que siempre acompañaba al rey.
-Beatriz- llamó la doncella, consultando el papel ennegrecido.
La niña avanzó a pasitos vacilantes hasta situarse enfrente de aquella pila de piedra, y la doncella se apartó para que Terror pudiera examinarla. Sora observó con inquietud como el dragón exhalaba chispas y humo en dirección a Bea, y la niña se estremeció reprimiendo un sollozo. No pudo sostenerle la mirada al rey, y cuando bajó la cabeza, quedando de cara al agua de la pila, unas lenguas de fuego de colores surgieron de su interior y la envolvieron. A la niña no le dio tiempo a gritar antes de que las llamas desaparecieran en el agua, y cuando se vio reflejada en ella, unos nuevos ojos granates le devolvieron la mirada desde su rostro atrerrorizado.
lunes, 13 de agosto de 2012
El Príncipe León
Hay un enorme reloj a un lado del precipicio. El sonido de su secundero martillea en el eco del silencio, y el Príncipe León observa impasible el fondo vacío del agujero ante el que se halla. El Príncipe León alza un brazo, y surge del humo una palabra. "Toujours", que flota recortada contra un cielo violeta y añil. Cuando el Príncipe León baja el brazo, la palabra se descascarilla, se repliega sobre sí misma y cae a letras por el precipicio. Seguida de ésta, surge la palabra "princesse" y una fecha, "2 de diciembre". El Príncipe León desenvaina su espada, y las letras se retuercen, se queman y se apagan. La cenizas caen en espiral por el precipicio, agitadas por el viento.
El secundero sigue gritando el paso del tiempo al lado del Príncipe, que contempla impasible la oscuridad que se extiende bajo sus pies. Y entonces en el humo empiezan a moverse formas, cobran vida y color, y suenan mudas en el viento que hace ondear la capa de Príncipe. Una feria, una ventana de cristal a la que se asoma un par de ojos verdes, una manzana compartida en un pasillo, un banco falso bajo el resplandor de una luna fea y artificial que me hizo creer en el mejor día de mi vida, servilletas que zarpan a la deriva o que adoptan forma de flor, secretos e historias reveladas en una heladería, un abrigo, un protector, noches aferradas a tu olor, la caricia de un dedo sobre la espalda, la disolución progresiva de complejos, dibujos, una llamada ahogada en las campandas de Nochevieja....
Todas estas formas se arremolinan, se mezclan y bailan al rededor del Príncipe León. El secundero grita más fuerte, y las imágenes se rompen como cristales afilados y se clavan en el vacío del precipicio. El Príncipe abre sus fauces y ruge al viento y al cielo violeta, y de su furiosa voz crecen promesas. Las que hablan de evitar la soledad, las que hablan de proteción, las que evitan el daño, las que hablan de amor y de tiempo. Suben alto, crecen para tocar el cielo, pero cuando ya no pueden estar más alto, caen. Caen con fuerza como todo lo demás, se rompen y se disuelven haciendo ruido en las profundidades del precipicio.
El Príncipe León observa el reloj. El secundero cada vez suena mas lento, y cuando da por fin dos vueltas completas, empiezan a crecer las rosas. Como una proyección a cámara rápida, despliegan sus pétalos al viento, agitan sus hojas esmeralda y brillan a los ojos del Príncipe, que alarga una mano para tocarlas. Pero antes de que llegue a rozar su piel las espinas de sus tallos, los pétalos rojos se derraman como gotas por el borde del precipicio,y el Príncipe observa imperturbable cómo se pierden en la oscuridad, como joyas de rubíes en el fondo del mar.
El viento se agita más fuerte bajo el cielo oscuro sin estrellas, la angustia se enreda en la maquinaria interna del enorme reloj, que cada vez avanza más y más despacio. Y el Príncipe León abandona aquel lugar arrojando su corona y diciendo en voz alta "se acabó", asegurándose de que todo el mundo es capaz de oírle.
No he podido darte más, ni he podido quererte más fuerte de lo que te quise. Tú tampoco, pero ayer no pudiste hacerme más daño. Aún sigo convencida de que el que me hablaba no eras tú, no me parece posible que después de todo seas como los demás, hagas lo mismo que han hecho otros antes, no es nada propio de tí, de quien una vez fue príncipe. Y ahora yo estoy en el fondo de ese precipicio con todo lo que has ido arrojando por él, pero es cuestión de tiempo que escale. Y cuando lo haga no estaré sola aunque tú no estés conmigo, y no tendré miedo aunque hayas dejado de protegerme.
Te juro que es la última vez que escribo algo sobre tí.
El secundero sigue gritando el paso del tiempo al lado del Príncipe, que contempla impasible la oscuridad que se extiende bajo sus pies. Y entonces en el humo empiezan a moverse formas, cobran vida y color, y suenan mudas en el viento que hace ondear la capa de Príncipe. Una feria, una ventana de cristal a la que se asoma un par de ojos verdes, una manzana compartida en un pasillo, un banco falso bajo el resplandor de una luna fea y artificial que me hizo creer en el mejor día de mi vida, servilletas que zarpan a la deriva o que adoptan forma de flor, secretos e historias reveladas en una heladería, un abrigo, un protector, noches aferradas a tu olor, la caricia de un dedo sobre la espalda, la disolución progresiva de complejos, dibujos, una llamada ahogada en las campandas de Nochevieja....
Todas estas formas se arremolinan, se mezclan y bailan al rededor del Príncipe León. El secundero grita más fuerte, y las imágenes se rompen como cristales afilados y se clavan en el vacío del precipicio. El Príncipe abre sus fauces y ruge al viento y al cielo violeta, y de su furiosa voz crecen promesas. Las que hablan de evitar la soledad, las que hablan de proteción, las que evitan el daño, las que hablan de amor y de tiempo. Suben alto, crecen para tocar el cielo, pero cuando ya no pueden estar más alto, caen. Caen con fuerza como todo lo demás, se rompen y se disuelven haciendo ruido en las profundidades del precipicio.
El Príncipe León observa el reloj. El secundero cada vez suena mas lento, y cuando da por fin dos vueltas completas, empiezan a crecer las rosas. Como una proyección a cámara rápida, despliegan sus pétalos al viento, agitan sus hojas esmeralda y brillan a los ojos del Príncipe, que alarga una mano para tocarlas. Pero antes de que llegue a rozar su piel las espinas de sus tallos, los pétalos rojos se derraman como gotas por el borde del precipicio,y el Príncipe observa imperturbable cómo se pierden en la oscuridad, como joyas de rubíes en el fondo del mar.
El viento se agita más fuerte bajo el cielo oscuro sin estrellas, la angustia se enreda en la maquinaria interna del enorme reloj, que cada vez avanza más y más despacio. Y el Príncipe León abandona aquel lugar arrojando su corona y diciendo en voz alta "se acabó", asegurándose de que todo el mundo es capaz de oírle.
No he podido darte más, ni he podido quererte más fuerte de lo que te quise. Tú tampoco, pero ayer no pudiste hacerme más daño. Aún sigo convencida de que el que me hablaba no eras tú, no me parece posible que después de todo seas como los demás, hagas lo mismo que han hecho otros antes, no es nada propio de tí, de quien una vez fue príncipe. Y ahora yo estoy en el fondo de ese precipicio con todo lo que has ido arrojando por él, pero es cuestión de tiempo que escale. Y cuando lo haga no estaré sola aunque tú no estés conmigo, y no tendré miedo aunque hayas dejado de protegerme.
Te juro que es la última vez que escribo algo sobre tí.
miércoles, 27 de junio de 2012
Primera historia: secretos. La sombra de Peter Pan
"4 de Junio
Ayer por la tarde me planteé por primera vez si debía hablarle de mi amigo a las hadas o a D. No supe qué contestarme.
Si se lo contaba... D seguramente pensaría que es peligroso, mi amigo viene de fuera, del exterior, convive con los dragones de los que D tanto me habla y podría llegar a pensar que trata de sacarme de la torre sin que él lo sepa. Arreglaría las ventanas, sacaría la llave del cajón y las cerraría para que no pudiera volver. Y yo necesitaba seguir viéndole, más aún ahora que he descubierto que estoy enamorada de él, más aún ahora que sé que él es la única posibilidad que tengo de escapar de mi torre, de ver el exterior, de ver el mundo que D trata de ocultarme. No, D no debe saber nada de mi amigo.
¿Y las hadas? No creo que se lo fueran a decir a D si les pidiera por favor que no lo hicieran, pero de todas formas siempre duermen cuando él llega por las noches. No le han visto nunca, y creo que es mejor así.
Sin embargo siento que estoy defraudándoles... ellos siempre confían en mí, yo jamás les he ocultado nada, no puedo mirar a D a los ojos sabiendo que sé algo que él también debería saber.
Noté aquella garra en mi cabeza, ese volcán de pensamientos desenfrenados que amenazaban con entrar en erupción y volverme loca... cuando me quise dar cuenta, agarraba el libro de Peter Pan con todas mis fuerzas. De alguna forma había aprendido que la manera más eficaz e instantánea de calmarme era haciendo lo que mi amigo me había dicho que hiciera; abrí el libro por una página al azar, y mis ojos encontraron lo que necesitaba leer:
Contemplé el paisaje a través de los visillos rosas de mi ventana. Al notar una suave brisa los aparté, y comprobé que la cerradura de la ventana estaba rota. Habría sido mi amigo sin querer.
Apoyé los codos en el alfézar y me asomé todo lo que me atrevía. Agradecí la espesa capa de nubes que rodeaba la torre unos metros más abajo de mí y que me impedía ver lo que había abajo, porque me había invadido un miedo capaz de hacerme caer por la ventana de llegar a ver la altura a la que me encontraba. Miré hacia las nubes rosas, violetas, naranjas y amarillas que iban tiñéndose por la puesta de sol y deslicé mis dedos sobre la madera del alféizar, seca, dura, y llena de astillas. De pronto mi mano rozó algo extremadamente suave, pero no pude apartar los ojos del sol escondiéndose. Todas esas nubes de color pastel fueron iluminándose hasta adquirir un color rojo sangre al entrar en contacto con el sol. El astro las acarició por última vez antes de esconderse y todo se volvió violeta. Miles de colores danzaban delante de mí, y me quedé contemplándolos hasta que una ola añil brillante trajo consigo las estrellas y la luna y cubrió las nubes.
Fue entonces cuando dirigí mi mirada hacia aquella cosa suave que habían encontrado mis manos sin querer.
Era una pluma blanca, grande y preciosa. Se me ocurrió pensar que podría pertenecer a algún pájaro, pero no volaban a esa altura y la pluma era demasiado grande. Al acercármela a los ojos recordé de forma inexplicable el sueño que tuve en el que lo que me parecían estrellas en el firmamento, eran letras, y entre ellas había una que brillaba más que las demás. Pero no se trataba de una estrella ni de una letra.
Fruncí el ceño tratando de recordar con todas mis fuerzas qué era aquello con lo que había soñado. Entonces de pronto, como si se apartara una cortina en el interior de mi cabeza, pude recordar con toda nitidez mi sueño, aquel punto brillante que se agrandaba hasta formar la silueta de mi amigo... que desplegaba dos preciosas alas de su espalda.
Alas.
Pluma.
Ahogué un grito al comprender qué era lo que tenía en la mano.
Con mucho cuidado, retiré un tablón suelto del suelo de debajo de mi cama y saqué el cajón de madera en el que siempre he escondido mi diario, que cambié más tarde de econdite, (entre las estanterías y la pared); ahora tenía algo más importante que ocultar bajo ese tablón suelto. La sombra de Peter Pan.
Metí la pluma en el cajón, y tras deliberarlo unos instantes, también metí el papel rosa en el que había escrito "no puedo decírselo". Cerré el cajón, lo encajé en la abertura que había en el suelo bajo mi cama y volví a colocar el tablón de madera en su sitio. D no podría encontrarlo jamás.
Eso es lo que hice ayer. Ahora falta poco para que se haga de noche, y espero la llegada de mi amigo. Mañana seguiré escribiendo."
Pero no lo hiciste, te digo en voz alta, no lo hiciste. Te fuiste, has desaparecido sin dejar más huellas, esta era la última pista que tenía para encontrarte y aún estoy lleno de dudas. He encontrado cada secreto que has ido guardando, he descubierto cada cosa que tratabas de ocultarme, pero nada de eso sirve de nada, porque tú eres lo único que yo quiero encontrar, mi niña...
Me puse de pie. Contemplé la habitación, escuchando la noche, negra y opaca, el rumor de las nubes acariciando las frías piedras de la torre, mi respiración irregular, el casi inaudible tintineo de los cristales de la lámpara e incluso los gemidos de compasión de las hadas.
¿Ya está? me pregunté. ¿Es esto todo lo lejos que voy a poder llegar en tu búsqueda? ¿Es esto todo lo cerca que me dejas estar de ti?
Desolado, contemplé el cielo negro a través de la ventana y de un tembloroso mar de lágrimas, y distinguí un punto plateado destacando en la oscuridad. Que se hacía más grande... o que se acercaba. Sin querer, en mi cabeza sonaron las palabras que había leído del diario de mi niña, "pero no se trataba de una estrella ni de una letra". Derramé la primera lágrima al comprender que era su amigo quien se aproximaba a mí en aquel instante.
Ayer por la tarde me planteé por primera vez si debía hablarle de mi amigo a las hadas o a D. No supe qué contestarme.
Si se lo contaba... D seguramente pensaría que es peligroso, mi amigo viene de fuera, del exterior, convive con los dragones de los que D tanto me habla y podría llegar a pensar que trata de sacarme de la torre sin que él lo sepa. Arreglaría las ventanas, sacaría la llave del cajón y las cerraría para que no pudiera volver. Y yo necesitaba seguir viéndole, más aún ahora que he descubierto que estoy enamorada de él, más aún ahora que sé que él es la única posibilidad que tengo de escapar de mi torre, de ver el exterior, de ver el mundo que D trata de ocultarme. No, D no debe saber nada de mi amigo.
¿Y las hadas? No creo que se lo fueran a decir a D si les pidiera por favor que no lo hicieran, pero de todas formas siempre duermen cuando él llega por las noches. No le han visto nunca, y creo que es mejor así.
Sin embargo siento que estoy defraudándoles... ellos siempre confían en mí, yo jamás les he ocultado nada, no puedo mirar a D a los ojos sabiendo que sé algo que él también debería saber.
Noté aquella garra en mi cabeza, ese volcán de pensamientos desenfrenados que amenazaban con entrar en erupción y volverme loca... cuando me quise dar cuenta, agarraba el libro de Peter Pan con todas mis fuerzas. De alguna forma había aprendido que la manera más eficaz e instantánea de calmarme era haciendo lo que mi amigo me había dicho que hiciera; abrí el libro por una página al azar, y mis ojos encontraron lo que necesitaba leer:
"Decidió enrollar la sombra y ponerla a buen recaudo en un cajón, hasta que llegara un momento adecuado para decírselo a su marido".
Lo subrayé y rodeé sin darme cuenta "momento adecuado para decírselo". La señora Darling estimaba más oportuno guardar la sombra y esperar. Eso era exactamente lo que yo haría.Para demostrar mi determinació, tomé un papel rosa y mi bolígrafo dorado y escribí las palabras como si quisiera grabarlas a fuego dentro de mi: "no puedo decírselo".Contemplé el paisaje a través de los visillos rosas de mi ventana. Al notar una suave brisa los aparté, y comprobé que la cerradura de la ventana estaba rota. Habría sido mi amigo sin querer.
Apoyé los codos en el alfézar y me asomé todo lo que me atrevía. Agradecí la espesa capa de nubes que rodeaba la torre unos metros más abajo de mí y que me impedía ver lo que había abajo, porque me había invadido un miedo capaz de hacerme caer por la ventana de llegar a ver la altura a la que me encontraba. Miré hacia las nubes rosas, violetas, naranjas y amarillas que iban tiñéndose por la puesta de sol y deslicé mis dedos sobre la madera del alféizar, seca, dura, y llena de astillas. De pronto mi mano rozó algo extremadamente suave, pero no pude apartar los ojos del sol escondiéndose. Todas esas nubes de color pastel fueron iluminándose hasta adquirir un color rojo sangre al entrar en contacto con el sol. El astro las acarició por última vez antes de esconderse y todo se volvió violeta. Miles de colores danzaban delante de mí, y me quedé contemplándolos hasta que una ola añil brillante trajo consigo las estrellas y la luna y cubrió las nubes.
Fue entonces cuando dirigí mi mirada hacia aquella cosa suave que habían encontrado mis manos sin querer.
Era una pluma blanca, grande y preciosa. Se me ocurrió pensar que podría pertenecer a algún pájaro, pero no volaban a esa altura y la pluma era demasiado grande. Al acercármela a los ojos recordé de forma inexplicable el sueño que tuve en el que lo que me parecían estrellas en el firmamento, eran letras, y entre ellas había una que brillaba más que las demás. Pero no se trataba de una estrella ni de una letra.
Fruncí el ceño tratando de recordar con todas mis fuerzas qué era aquello con lo que había soñado. Entonces de pronto, como si se apartara una cortina en el interior de mi cabeza, pude recordar con toda nitidez mi sueño, aquel punto brillante que se agrandaba hasta formar la silueta de mi amigo... que desplegaba dos preciosas alas de su espalda.
Alas.
Pluma.
Ahogué un grito al comprender qué era lo que tenía en la mano.
Con mucho cuidado, retiré un tablón suelto del suelo de debajo de mi cama y saqué el cajón de madera en el que siempre he escondido mi diario, que cambié más tarde de econdite, (entre las estanterías y la pared); ahora tenía algo más importante que ocultar bajo ese tablón suelto. La sombra de Peter Pan.
Metí la pluma en el cajón, y tras deliberarlo unos instantes, también metí el papel rosa en el que había escrito "no puedo decírselo". Cerré el cajón, lo encajé en la abertura que había en el suelo bajo mi cama y volví a colocar el tablón de madera en su sitio. D no podría encontrarlo jamás.
Eso es lo que hice ayer. Ahora falta poco para que se haga de noche, y espero la llegada de mi amigo. Mañana seguiré escribiendo."
Pero no lo hiciste, te digo en voz alta, no lo hiciste. Te fuiste, has desaparecido sin dejar más huellas, esta era la última pista que tenía para encontrarte y aún estoy lleno de dudas. He encontrado cada secreto que has ido guardando, he descubierto cada cosa que tratabas de ocultarme, pero nada de eso sirve de nada, porque tú eres lo único que yo quiero encontrar, mi niña...
Me puse de pie. Contemplé la habitación, escuchando la noche, negra y opaca, el rumor de las nubes acariciando las frías piedras de la torre, mi respiración irregular, el casi inaudible tintineo de los cristales de la lámpara e incluso los gemidos de compasión de las hadas.
¿Ya está? me pregunté. ¿Es esto todo lo lejos que voy a poder llegar en tu búsqueda? ¿Es esto todo lo cerca que me dejas estar de ti?
Desolado, contemplé el cielo negro a través de la ventana y de un tembloroso mar de lágrimas, y distinguí un punto plateado destacando en la oscuridad. Que se hacía más grande... o que se acercaba. Sin querer, en mi cabeza sonaron las palabras que había leído del diario de mi niña, "pero no se trataba de una estrella ni de una letra". Derramé la primera lágrima al comprender que era su amigo quien se aproximaba a mí en aquel instante.
sábado, 10 de marzo de 2012
Papillon: Invierno (relato)
Pronto seguiré con las historias. Este es un relato que he escrito recientemente, me gustaría compartirlo. Gracias Sir y gracias Coral por ser mis críticos literarios personales en repentinos momentos de necesidad.
Era martes y estaba lloviendo. Las gotas golpeaban la ventana con tanta fuerza que llegué a pensar que estaban enfadadas conmigo. Como cada mañana, también llovía sobre el café de mi padre.
Miré por la ventana del salón. Un gris frío abrazaba la calle. Las hojas blancas de escarcha alfombraban la acera, crujiendo bajo los pasos de algunos paraguas con pies que desfilaban bajo mi ventana. Los coches avanzaban tediosamente en borrones de luces amarillas.
Papá se fue, y la abuela vino antes de que dejara de llover. Me besó la frente, un gesto que a los adultos debe parecerles protector o cariñoso pero que aborrezco con toda mi alma. Se sentó en el sofá y se puso a bordar.
Las personas muchas veces necesitan silencio. Se sienten vacías o demasiado llenas, con dolor de cabeza u opresión en el pecho. Es agradable la compañía de quien entiende esta necesidad cuando crees que menos puedes aguantar. Hacía tiempo que había dejado de entender las cosas; me había acostumbrado a las tristes sonrisas arrugadas de quien sabe más que tú, me había resignado a la confusión permanente y a la condescendencia adulta que tanto había empezado a odiar. Y de alguna forma lo entendía; no querían decirme lo que estaba pasando aunque en el fondo lo supiera, querían protegerme, conservar la única sonrisa inocente que alguien podía brindarles.
Pero a pesar de aceptar como podía la situación, necesitaba silencio. La abuela lo entendía; por eso no me dijo nada ni trató de detenerme cuando me vio levantarme del sofá para buscar un escondite.
Regresé con ella después de haber leído un rato en la buhardilla. La abuela estaba terminando de bordar los pétalos de una flor roja. Había parado de llover, y el cristal detrás de ella refulgía con el brillo de miles de gotas que se dejaban caer, haciendo que su pelo pareciera aún más blanco de lo que era. Curvó las comisuras de sus pequeños labios hacia arriba, en un vano intento de sonrisa comprensiva, y me tendió los brazos tras dejar la flor acabada sobre la mesa. Me refugié en el olor a avellanas de su rebeca marrón y ella me acarició el pelo. “Papá está triste”, le dije. “Hoy todo el mundo está triste”, me contestó.
Su piel era cálida, y parecía esconder una respuesta en cada arruga. Ella sabía que tenía preguntas, pero las dos sabíamos que no iba a responderlas.
Era miércoles y estaba lloviendo. Papá ahogaba galletas en el café, y sus pensamientos le ahogaban a él, demacrando su rostro pensativo y preocupado hasta convertirlo en el de un hombre que no recordaba haber visto antes. Sus hombros se hundían bajo el peso del desconsuelo, una nueva arruga se dibujaba en su frente con cada mala noticia, un cabello blanco aparecía en su sien cada mañana. Y a pesar de todo, me dirigía su sonrisa cansada todos los días por encima de su taza, un “no te preocupes” invisible que reprimía mis ganas de preguntar.
Dejó de llover sobre el desayuno y papá se fue, despidiéndose de mi mejilla y dejando atrás el enorme signo de interrogación que llenaba la cocina.
La abuela y yo respetábamos nuestro silencio en el sofá, oyendo los roncos quejidos de los coches a lo lejos y el ocasional aterrizaje de una gota en la ventana. Cuando terminó de bordar una flor azul, rompió nuestro silencio y me preguntó, con su voz dulce y temblorosa, si estaba triste. Le dije que sí, y me preguntó por qué. “¿Todo esto es por el Sol, no?”, fue mi respuesta. Ella pareció un poco sorprendida, pero a mí no se me ocurría otra forma de decirlo. “Llueve todos los días. Todos están tristes, echan de menos al sol porque es invierno.” Mi mirada se dirigió involuntariamente hacia el pequeño y traslúcido circulo de luz blanca que asomaba tras un montón de nubes. “El Sol debe de estar enfermo”.
La abuela me sonrió, y fue una sonrisa de verdad, porque le salieron esas tres arrugas que tanto me gustan, a medio camino entre los ojos y las sienes. “El mundo debería ser tal y como los niños lo entienden”, me dijo apenada. Realmente empezaba a entender cómo funciona la mentalidad adulta, pero no se lo dije. No me parecía muy distinta a la mía; perder a alguien seguía significando un enorme agujero frío y denso que era imposible llenar.
En algún momento de la tarde me puso a ver una película, pero yo sólo veía preguntas y más preguntas entre los colores chillones y parpadeantes de la pantalla del televisor. La abuela lo apagó, y no pude más. Una profunda angustia iba apoderándose de mí con cada recuerdo que cruzaba mi mente. “Abuela, ¿ella va a volver a casa?”. Como si el sol desde arriba me hubiera oído, se puso a llover.
Era jueves, y no llovía, pero el sol no estaba por ninguna parte. Me llevaron a verla, como cada lunes y cada jueves durante los últimos dos meses. Tiempo suficiente para hacerme una idea de lo que estaba pasando, para comprender por qué papá desayunaba cada mañana el café que ella solía tomar y luego lloraba sin querer; tiempo suficiente para entender que cuando es invierno no se ve el sol, y que su luz ahora es blanca, débil y enferma, tiempo... que a mí se me hacía eterno, y a ella cada vez más escaso. Lo comprendía, pero se me hacía imposible de asumir.
Fue el invierno más largo que recuerdo haber vivido.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Carta para Jazmín
Querida Jazmín:
Felicidades. ¿Sabes? La gente es extraña. Me da miedo pensar en el número de personas con las que te has podido cruzar en tu vida, la gente que te habrá mirado de refilón al pasar, que habrá olido el ligero pasar de tu perfume, que habrá rozado sin querer tu ropa o tu pelo. Y ya está, y ahí te quedas, alguien tan grande y tan pequeña para quienes no te conocen. Con tu mundo, tus alegrías, tus dudas y tus miedos, parece mentira que alguien tan increíblemente especial pueda pasar desapercibida por la calle.
Prometí regalarte algo mejor que una carta o que unas velas compradas en el último momento, pero no estoy segura de poder hacerlo realmente. Aunque para mi las palabras lo son todo, hay veces en que no son suficiente, no se me ocurre como expresar lo única que eres.
En todos mis cumpleaños he recibido cartas tuyas o alguna que otra sopresa (como aquel popurrí que me cantaste con Perla y Esmeralda) y he guardado todas y cada una de ellas. Nunca estuvieron llenas de palabras vacías (pásalo bien, cumple muchos más, pide un deseo cuando soples las velas). Cada una era especial, me hacías sentir alguien importante.
Y he vivido muchas cosas contigo, que resumidas en unas líneas en la pantalla parecen pocas. Me encanta cómo eres, esa alegría resplandeciente que ilumina tu sonrisa cuando me llamas Reich y me abrazas, esa espontaneidad que nos deja a todas estupefactas, esa risa transparente y dulce y esos ojos redondos y marrones que me miran con preocupación cuando estoy triste. Me alegra poder compartir flecos y secretos contigo, ser alguien en quien confíes y a quien le cuentes secretos, me alegra ser alguien a quien te alegres de ver, alguien a quien llames y pidas que siga escribiendo, alguien con quien cantar en francés el himno de la Marsellesa a pleno pulmón durante la brusca y peligrosa trayectoria de una atracción. Me alegra ser alguien que puede presumir de conocerte, que puede sentirse orgullosa de escribir sobre tí en su blog. Me alegra ser tu amiga.
Y quería decirte que realmente espero seguir siéndolo siempre, y que igual que he visto como soplabas dieciséis velas quiero ver como soplas diecisiete, o dieciocho, o veinte. Que siempre voy a estar ahí, que cuando parezca que todo lo demás te falla y que algo en tí se cae, voy a estar a tu lado, voy a compartir tus flecos y voy a hacer lo que pueda por ayudarte, y lo que no pueda también, como tú lo has hecho conmigo.
Y como he dicho antes, la gente es extraña, y mucha no se dará cuenta de que eres un Jazmín y tratarán de romperte, hacerte daño, mentirte. Entonces yo me romperé contigo, me harán daño a mí también, pero sé que eres mágica y fuerte, y que no dejarás que esa gente extraña interrumpa tu sonrisa.
Gracias por todo lo que hemos pasado juntas, y por todo lo que nos queda. Y esta vez has cumplido dieciséis, pero con diecisiete, cincuenta, sesenta y cinco o noventa y dos, seguirás siendo felizmente y para siempre, mi Jazmín.
Felicidades. ¿Sabes? La gente es extraña. Me da miedo pensar en el número de personas con las que te has podido cruzar en tu vida, la gente que te habrá mirado de refilón al pasar, que habrá olido el ligero pasar de tu perfume, que habrá rozado sin querer tu ropa o tu pelo. Y ya está, y ahí te quedas, alguien tan grande y tan pequeña para quienes no te conocen. Con tu mundo, tus alegrías, tus dudas y tus miedos, parece mentira que alguien tan increíblemente especial pueda pasar desapercibida por la calle.
Prometí regalarte algo mejor que una carta o que unas velas compradas en el último momento, pero no estoy segura de poder hacerlo realmente. Aunque para mi las palabras lo son todo, hay veces en que no son suficiente, no se me ocurre como expresar lo única que eres.
En todos mis cumpleaños he recibido cartas tuyas o alguna que otra sopresa (como aquel popurrí que me cantaste con Perla y Esmeralda) y he guardado todas y cada una de ellas. Nunca estuvieron llenas de palabras vacías (pásalo bien, cumple muchos más, pide un deseo cuando soples las velas). Cada una era especial, me hacías sentir alguien importante.
Y he vivido muchas cosas contigo, que resumidas en unas líneas en la pantalla parecen pocas. Me encanta cómo eres, esa alegría resplandeciente que ilumina tu sonrisa cuando me llamas Reich y me abrazas, esa espontaneidad que nos deja a todas estupefactas, esa risa transparente y dulce y esos ojos redondos y marrones que me miran con preocupación cuando estoy triste. Me alegra poder compartir flecos y secretos contigo, ser alguien en quien confíes y a quien le cuentes secretos, me alegra ser alguien a quien te alegres de ver, alguien a quien llames y pidas que siga escribiendo, alguien con quien cantar en francés el himno de la Marsellesa a pleno pulmón durante la brusca y peligrosa trayectoria de una atracción. Me alegra ser alguien que puede presumir de conocerte, que puede sentirse orgullosa de escribir sobre tí en su blog. Me alegra ser tu amiga.
Y quería decirte que realmente espero seguir siéndolo siempre, y que igual que he visto como soplabas dieciséis velas quiero ver como soplas diecisiete, o dieciocho, o veinte. Que siempre voy a estar ahí, que cuando parezca que todo lo demás te falla y que algo en tí se cae, voy a estar a tu lado, voy a compartir tus flecos y voy a hacer lo que pueda por ayudarte, y lo que no pueda también, como tú lo has hecho conmigo.
Y como he dicho antes, la gente es extraña, y mucha no se dará cuenta de que eres un Jazmín y tratarán de romperte, hacerte daño, mentirte. Entonces yo me romperé contigo, me harán daño a mí también, pero sé que eres mágica y fuerte, y que no dejarás que esa gente extraña interrumpa tu sonrisa.
Gracias por todo lo que hemos pasado juntas, y por todo lo que nos queda. Y esta vez has cumplido dieciséis, pero con diecisiete, cincuenta, sesenta y cinco o noventa y dos, seguirás siendo felizmente y para siempre, mi Jazmín.
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