Esta entrada se la dedico a un personaje que ha entrado en mi vida hace muy poquito. Se llama Piloto. Algún día surcarás el cielo, atravesarás las nubes tan rápido que los pájaros no tendrán a penas tiempo de apartarse y hacerte reverencias cuando oigan el motor de tu avioneta, y te acordarás de que un día te dediqué un capítulo de una de mis historias. Gracias por ese Summercat a las dos de la mañana.
No supe ni podría saber cuánto tiempo estuve tumbado boca arriba sobre mi colchón, respirando pausadamente, con los ojos fijos en la oscuridad de mi cuarto, en una sombra extraña que las farolas dibujaban en el techo desde la calle. El segundero de mi reloj marcaba el compás de mi aletargamiento desde mi muñeca. Cada vez que cerraba los ojos la veía alejándose en aquella moto, abrazada a la cintura de aquel chico, de camino a aquel concierto... miles de preguntas flotaban y se retorcían en mi cabeza, pero a la vez ninguna tenía prisa en ser respondida. Sus ojos perfilados en negro me taladraban cada vez que cerraba los míos.
Aquella noche, para variar, soñé con ella. Me desperté a las seis y media, entre recuerdos confusos de mi sueño, y miré por la ventana cómo amanecía. Me vestí, desayuné y fui al colegio con un leve asomo de lo que iba a convertirse en un fuerte dolor de estómago.
En la entrada me esperaban Dani y Julián. Jorge aún no había llegado. Al verme sonrieron a la vez y Dani pestañeó muy deprisa mientras me acercaba.
-Aaah, D'artagnan... ya te daré tu lista- hizo una pésima imitación de la voz de Ana y sentí que la sangre me subía a la cabeza.
-Cállate...
-Hoy es el gran día, campeón...- intervino Julián- ¿Qué tienes a primera?
-Francés- contesté, y tragué saliva procurando que no se notara mucho.
Sonó el timbre y montones de alumnos se dirigieron a la entrada con pasos lentos y renuentes. Mis pies no parecían estar por la labor de moverse.
-A por ella, tigre- me dijo Dani guiñándome un ojo- ya nos contarás.
Julián me dio una palmadita en la espalda y se fue con Dani a clase de química.
Estaba tan nervioso que conté los pasos que daba mientras cantaba mentalmente una canción. Necesitaba calmarme...y de hecho estaba a punto de conseguirlo, cuando me senté en mi pupitre mi pulso era casi normal y no me dolía el estómago. Lo habría logrado si en ese mismo instante no hubiera entrado en clase.
Ofrecía un aspecto desarreglado insoportablemente atractivo. Los restos del maquillaje del concierto ensombrecían su mirada y sus espesas pestañas negras, y se había recogido el pelo en una coleta alta. Su perfume llenó el aula y todas las miradas se clavaron en ella.
-Pardon, Madame, je suis en retard- murmuró en un perfecto francés.
-Oui, oui... -la profesora esparció unos papeles por su mesa distraídamente y le dijo- Bon, assieds-toi.
Ana clavó sus ojos en mí y avanzó hasta el pupitre de mi derecha sin dejar de mirarme. Tomó asiento sin decir nada. A mí se me había olvidado cómo se hablaba.
Su voz en francés se expandía como un eco en el interior de mi cabeza. Según nuestra tutora, su padre era framcés y su madre italiana, por lo que Ana debía dominar esos dos idiomas a parte del español, que hablaba con total fluidez y sin ningún acento. Al decir "pardon" algo se removió en mi estómago, había pronunciado la palabra con un adorable tono de disculpa, de forma rápida y natural con un leve deje infantil, como una niña que rompe un jarrón sin querer.
La clase comenzó y ninguno de los dos dijo nada en un buen rato. De pronto atrajo mi atención un papel arrugado que se escondía cobarde en el hueco de su mano, retándome a cogerlo y huir. Si Ana se dio cuenta de que lo estaba mirando no dijo nada.
Como si la profesora fuera consciente de las enormes ganas que tenía de hablar con ella, repartió fotocopias para hacer por parejas adviertiendo que las recogería al terminar la clase, y me volví hacia ella. La encontré leyendo un sms por debajo de la mesa con expresión aburrida. Distinguí palabras sueltas de diminutas letras negras: preciosa, verte, anoche, concierto. Se me tensó la mandíbula y un furibundo homrigueo me recorió la espalda mientras ella apagaba el móvil y dejaba escapar un leve suspiro. Fijó sus ojos en mí por primera vez en el día y un asomo de sonrisa acarició sus labios
-Qué, D'artagnan, ¿estás preparado?
Lo dijo sin emoción alguna, y no pude responder mientras seguía con la mirada la trayectoria del papel desde su mano hasta la mesa. Observé sorprendido cómo fruncñia el ceño y partía la lista por la mitad.
-Son diez puntos- me dijo mientras cogía ambas mitades- voy a darte los cinco primeros. Las reglas del juego son simples; tienes que hacer lo que está escrito en el papel. Si lo consigues, te daré los otros cinco. Si no, he ganado.- su voz era a penas un susurro que pasaba inadevertido a los atentos oídos de duende de la profesora de francés, un susurro suave y seductor, que prometía cosas y me atraía como un imán.
Luché por tomar el control sobre las expresiones que sucaban mi rostro y por respirar con normalidad.
-¿Y qué pasa- murmuré cogiendo el papel que ella puso encima de mi pupitre, junto a las fotocopias intactas de la profesora- si consigo cumplir la lista entera?
-Pues que ganas el juego... y dejaré que me conozcas. Pero no creo que eso pase.- por su tono, parecía que realmente estaba convencida de ello. Comenzó a trazar familiares círculos invisibles sobre la superficie del pupitre. Seguí hipnotizado el recorrido de aquella uña negra, que avanzaba en mi dirección trazando espirales y circunferencias. Cuando llegó a mi mesa se paró y subió a mi brazo, recorriéndolo como había hecho con el pupitre. Mi piel se erizó ante el contacto y ella aprartó la mano con una sonrisa divertida.
-¿Por qué estás tan segura?- inquirí con voz ahogada.
-Porque he escrito cosas imposibles- respondió mientras reía levemente y negaba con la cabeza.- No creo que vayas a ganarme.
-A lo mejor te sorprendes- no se de dónde narices saqué el valor para decir esto, sobre todo cuando ni si quiera me sentía capaz de respirar con normalidad. Ella se volvió hacia mí con repentina curiosidad, como si fuera la primera vez que me veía, y se acercó lentamente hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del mío. Escrutó mis ojos, mi expresión fascinada, y luego se inclinó hacia delante y murmuró contra mi oído:
-A lo mejor...
Si dejar de mirarme, alargó el brazo y deslizó la fotocopia en blanco hasta su mesa, motivo al cual se debía tan repentina proximidad, y esbozando media sonrisa, sacó un boli de mi estuche (ella no se había molestado en sacar el suyo) y empezó a escribir las respuestas rápidamente, rellenando casillas en blanco y espacios de puntos suspensivos con su caligrafía irregular y cursiva. Luego llamó a la profesora, que recogió la fotocopia satisfactoriamente y se fue de allí murmurando halagos en francés, dejando un leve aroma a libros viejos y pasta de dientes.
El timbre rescató a todos los alumnos de su ensismamiento e hizo que se pusieran en pie como resortes. Mientras se encaminaban a la puerta del aula gangoseando perezosas despedidas en francés, Ana hizo 'clic' con mi boli y volvió a meterlo en el estuche. Luego se levantó, le dirigió una rápida mirada a la lista sobre mi mesa mientras se colgaba la cartera al hombro, me guíñó un ojo y se fue.
Momentos después estaba en mi taquilla, esperando a mis amigos mientras desdoblaba temblorosamente el trozo de papel. Mis ojos se clavaron en la primera frase, negando a leer las otras hasta no haber comprendido el significado de esta. Tras un perfecto número uno seguido de un guión, la letra de Ana pedía desde el papel: "Ver mi nombre desde el cielo".
Fue como si todo mi empeño y resolución hubieran estado escondidos en algún rincón de mi cabeza y salieran de golpe. Miles de ideas inconexas se enredaron en mi mente impidiéndome pensar: avión, suelo, árboles, campo, asfalto, dibujar, formar, Ana, letras, grande, enorme...pintar. De golpe, aquella masa de palabras se aglomeró formando una sola.
-Gato- murmuré.
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