Lo primero que pensé cuando lo encontré fue lo mucho que me inquietaba que mi niña lo hubiera escondido. Lo segundo fue que aquello definitivamente me ayudaría a encontrarla. Y lo tercero, que si aún así no averiguaba a dónde había ido, tendría que darme por vencido e ir a dormir.
Saqué el diario de mi niña de detrás de la estantería y lo observé. Se lo había regalado por su cumpleaños, aquel día 21 de mayo, junto con el bolígrafo dorado, y al recordar la sonrisa ilusionada que se dibujó en su rostro cuando se lo dí sentí una punzada de dolor en el corazón tan intensa que tuve que sentarme en el suelo y apoyarme en la pared.
El diario era pequeño, encuadernado en tela beige con hilos dorados que dibujaban flores y hojas. Los bordes de las páginas estaban pintados en dorado, y no tenía candado. A mi niña le atemorizaban los candados y las cadenas.
Lo abrí por la primera página. Su caligrafía dorada expresaba lo mucho que me agradecía haberle regalado aquel diario y hablaba de lo maravilloso que había sido el día de su cumpleaños. Las dos páginas siguientes estaban en blanco. En la tercera mi niña había vuelto a escribir.
'24 de mayo.
He estado pensando. No quiero escribir el diario como lo escribe todo el mundo, contando lo que hace cada día y lo que piensa en cada momento. Quiero contar mi historia, quiero escribir quién soy.
El primer recuerdo que tengo es estar sentada en un moisés con unos dos o tres años, mirando hacia la ventana abierta, hipnotizada con el movimiento de los visillos que bailaban con el viento. D me estaba sonriendo desde su mecedora. Aquella fue la primera vez que vi un hada.
Desde entonces he vivido con ellas. Los cuentos de hadas que me enseñaron de pequeña me hicieron darme cuenta de mi situación.
Vivía en una torre, y no había salido nunca de ella, aunque aquel era mi mayor deseo.
Me identificaba con todas y cada una de las protagonistas de mis cuentos. Cenicienta, asomándose a la ventana todos los días para observar la puesta de sol desde su habitación y soñar con la vida en palacio. Rapunzel, encerrada en una torre sin poder salir. Bella, prisionera en un castillo por salvar a su padre. La Bella Durmiente, a quien sus padres habían protegido de cualquier huso que pudiera cumplir la maldición de Maléfica.
Pero me diferenciaba de todas ellas en algo. Cenicienta miraba por la ventana igual que yo, pero ella soñaba con asistir a un baile de palacio y yo con salir de mi torre. Con Rapuzel me diferenciaba en que ella logra escapar, y deja caer su melena a diario por la ventana mientras que yo no sería capaz de hacerlo. Mi mayor temor es mirar hacia abajo cuando me asomo por la ventana. La torre es tan alta que pueden verse algunas nubes rozando sus piedras varios metros por debajo de mi. Si me asomo es para devolverle la sonrisa al Sol cada atardecer. Siempre me da las buenas noches con destellos naranjas y rosas que parecen de acuarela. Me diferenciaba de Bella en que ella se había quedado como prisionera por voluntad propia, y para salvar a su padre. En este caso es mi padre quien me tiene prisionera, para protegerme, y en eso me diferenciaba también de la Bella Durmiente. Mi padre no quería salvarme de husos ni de maldiciones, sino del exterior.
Nunca le he dicho a D nada de esto. Es lo que más quiero en el mundo, y no quiero hacerle daño. Sé que si dice que debo quedarme en la torre con él es por que fuera deben existir realmente esos malvados dragones de los que tanto me habla, y porque aquí estoy a salvo. No quiero que parezca que no aprecio lo mucho que demuestra quererme teniéndome con él en la torre.
Pero a pesar de sus buenas intenciones, a pesar de mi vértigo, y a pesar de que sé que a las hadas les da miedo que lo piense...
...seguiré queriendo volar en secreto.'

24 de mayo :3
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