Había una vez un castillo, había una vez un fuego, había una vez una chica.
Podemos hablar del castillo. El fuego aún sigue apagado.
La luz del sol bañó una mañana más las piedras viejas y enmohecidas de los muros del castillo. Despertaron perezosamente, rendidas a la rutina que suponía cargar con el peso de las compañeras de arriba y dejar que las de abajo soporten el suyo. Inmóviles, resignadas, soportando. Todos los días lo mismo.
En el interior de las rocas que edificaban el colosal hogar del rey se escondía una persona que él había devorado. Todos los jóvenes enfermos, o ancianos que perdían utilidad descansaban en las piedras, en silencio. Pero nadie sabía esto, excepto el rey. No obstante, no había dejado de comerse a todo aquel que no quisiera en su palacio.
Aquel día las piedras del torreón atardecieron susurrando. Las del muro querían saber de qué estaban hablando, y una a una, de arriba a abajo, se transmitieron un mensaje. Las piedras del torreón acababan de recibir de espaldas a la última nueva sirvienta, en la habitación más alta del castillo. Al parecer los guardianes habían permitido que se quedara, y la estaban preparando para la cena con el rey.
Una gran expectación hizo vibrar las paredes, que esperaban impacientes la llegada de nuevas piedras. Sabían que cuando entraban nuevos, salían los viejos. Aquella noche el rey se comería a los que más tarde descansarían junto a ellas, a los que verían al sol salir o esconderse, (dependiendo en qué lado de las paredes estuvieran), a los que soportarían el peso de todas aquellas piedras que ahora hablaban sobre ellos.
Para la aburrida vida de una piedra, aquello era todo un acontecimiento.

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