martes, 26 de julio de 2011

Primera historia: secretos. El uno de Junio

Como una garra de metal, la angustia iba aprisionándome a medida que iba pasando las páginas. Mi niña tenía miedo de la torre, pero el mío al imaginámela fuera de ella era infinitamente mayor. Expuesta a la vida, a la realidad, a los peligros, a las desilusiones... quería que ella estuviera a salvo; tenía el cuarto de una princesa, estaba rodeada de libros y cuadernos, lo que ella más amaba, y crecía ilusionada entre cuentos con final feliz y con las hadas de su dormitorio.
Pero ahora la comprendía, ahora la entendía, cuando ya no estaba. A pesar de los dragones de los que la hablé cuando era una niña para sofocar su deseo de abandonar la torre, ella seguía queriendo volar en secreto, habría querido huir de aquí. Mi niña...¿se marchó, cumpliendo asi su deseo de ver el exterior? ¿O Peter Pan la convenció de que lo hiciera? Si no lo adivinaba al terminar el diario, me iría a dormir. Al pensar en ello me invadía una curiosa sensación, una mezcla de terror y extraña tranquilidad. Sabía que si me dormía, no volvería a despertar.
Seguí leyendo con avidez el diario de mi niña. El veinticinco de mayo relataba su mañana de lectura en compañía de las hadas y el pastel de manzana que hicimos por la tarde. "¡Como el que hace Blancanieves!", me dijo emocionada. "Como el que hace Blancanieves", le respondí.
Gruesas lágrimas resbalaron por mis pálidas mejillas. Pasé la página. El veintiséis de mayo escribió que había jugado al escondite con las hadas por la torre. Se había caído en las escaleras y se había hecho una herida en la rodilla. Para consolarla, las hadas le habían hecho una corona con las flores del jarrón de la entrada y le habían recogido el pelo en una trenza.
¡Me sentía una pincesa! Las hadas se portan muy bien conmigo. No debo decir más delante de ellas que me gustaría escapar de la torre, porque sé que les asusta. Pero no puedo remediarlo, lo siento por D y por ellas, pero no hay cosa que más desee ahora que ver lo que hay fuera. Me siento sola...

Las siguientes páginas estaban únicamente ocupadas por perezosas anotaciones.

27 de mayo. Lectura.
28 de mayo. Bizcocho de limón.
29 de mayo. Figuriritas de arcilla.
30 de mayo. Lectura.
31 de mayo. Lluvia. Café con nata.

Al pasar de página el asombro me paralizó. Del 31 de mayo en adelante las breves anotacines habían sido sustituidas por sendos textos en letra diminuta y dorada, y mantenían su extensión hasta el día cuatro de junio. Leer esa fecha anotada, en la esquina derecha de la última hoja escrita, hizo que un intenso temblor se apoderara de mis manos, tan violento que me sentí incapaz de  sujetar el diario. Lo deposité abierto sobre mis rodilas mientras me fotaba las palmas e intentaba contener las lágimas. El cuatro de junio, el día que mi niña desapareció. Me recosté contra la pared, buscando una posición más cómoda para empezar a leer, porque en aquellas páginas posiblemente se escondiera el secreto que guardaba mi niña. En aquellas páginas estaba la respuesta que yo buscaba. Me pareció escuchar un tintineo proviniente de la lámpara, y supe que las hadas me apremiaban para que continuara la lectura. Cogí el diario y seguí leyendo.

1 de Junio.
Ayer por la noche descubrí que si juntas todos tus deseos y los mandas a las estrellas, regresan a ti volando.

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