sábado, 16 de julio de 2011

Tercera historia: esperanzas. Bombón

-Me estabas mirando.
Me di la vuelta y le dirigí una mirada de incredulidad y asombro. Pude verme reflejado en sus enormes ojos almendrados.
Nos habían colocado por grupos para trabajar sobre las drogas, dada la inquebrantable determinación de la profesora en acabar el temario al menos uno de los tres trimestres. Había sido un susurro, pero todos los alumnos, pendientes de ella como buitres, oyeron sus palabras con toda claridad.
Junté los pedacitos que quedaban de lo que había sido mi valentía y empleándolos logré asentir débilmente con la cabeza. Ella sonrió levemente, pero no me había preguntado nada. Había hecho una afirmación.
-Estaba segura de que lo harías.
-¿Por qué?
Esas dos palbras escaparon de mi boca bruscamente, y la profesora se dio la vuelta.
-¿Pasa algo? ¿Me dejáis que siga hablando de la cachimba?
Asentí con rapidez y fingí que me interesaba por el esquema que estaba trazando en la pizarra. Concentré mi mirada en unos trocitos de tiza que resbalaban por el encerado desde el rabito de una a, para evitar devolverle la mirada. No supe cómo había logrado acercarse sin que yo la viera, pero sentí su aliento acariciandome la oreja cuando dijo:
-Porque aún tengo tu corbata.
Me sobresalté de tal manera que el cuadernillo sin abrir que había sobre mi mesa cayó al suelo acompañado del estuche abierto, ocasionando un gran estrépito.
-¿Pero se puede saber qué es lo que hacéis por ahí atrás?
Ana le dirigió a la indignada profesora una mirada dulce y de falsa inocencia y musitó:
-Ha sido culpa mía...se me ha caído el estuche.
La expresión de la profesora se suavizó repentinamente.
-Oh...bueno, entonces no pasa nada, supongo.- esbozó una sonrisa titubeante y volvió a darse la vuelta.
Miré a Ana con incredulidad. ¿Cómo se habría acordado de mí? Estaba seguro de que más de un chico se había quedado sin corbata al bailar con ella, y sólo nos vimos esa noche, apenas cinco minutos.
Recogí el estuche torpemente y volví a mi sitio, a su lado. Estaba decdido a hablar con ella, me daba igual el volumen que tuviera que emplear para que la profesora no nos llamara la atención. Tal vez no volviera a tener una oportunidad así.
Tragué saliva pensando cómo iba a preguntárselo sin que sonara demasiado desesperado, y tratando de tranquilizarme. No podia creerme que estuviera hablando con ella. Miré a mi alrededor, y me di cuenta entonces de que casi toda la clase tenía sus ojos puestos en mí. Jorge nos dirigía una mirada de implorarante ansiedad, muriéndose por saber qué me había susurrado al oído. Julián y Dani nos observaban con una mezcla de curiosidad y diversión.
-¿Cómo sabías que era yo?- pregunté simplemente.
-Nadie me miró de la forma en la que tú lo hiciste - fue la respuesta.  Esto pareció divertirle.
-¿Cómo?


-Casi todos me miran como si fuera...-Ana escogía las palabras con cuidado, al ritmo al que trazaba círculos en el pupitre. Recorrió con la mirada los trazos que iba dibujando, como si alli fuera a encontrar la palabra que buscaba.-...un bombón -dijo de pronto.- Cuando me miraste fue como si nunca hubieras visto chocolate en tu vida. -Ana examinó de cerca la uña de su dedo índice. Una de las rajas que surcaba la madera del pupitre le había hecho perder un trocito de pintura negra. Luego volvió sus ojos hacia mí, y por primera vez tomé consciencia de lo cerca que estábamos el uno del otro. Esbozaba media sonrisa, haciendo aparecer leves arcos en su piel que partían de las comisuras de los labios. Me volví loco.
-Fue la primera vez que te vi- murmuré sin poder apartar mis ojos de los suyos.
Ella alzó una ceja y volvió a sus círcuos invisibles.
-Bueno -susurró- eso lo hace más fácil de entender.
-Quiero conocerte -solté de pronto. Inmediatamente deseé estar bajo tierra con un esparadrapo en la boca, pero a ella pareció complacerle mi comentario. Se volvió hacia mí y me miró con repentina impasibilidad. Deslizó su yema del dedo índice desde mi sien hasta mi barbilla, lentamente, y luego respondió:
-No, no quieres.

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