martes, 26 de julio de 2011

Segunda historia: Fuegos. Rubíes

-Es tradición que el vestido sea rojo.
Sora tardó en darse cuenta de que la estaban hablando. Se giró y se encontró de frente con los ojos grises de una de las sirvientas, bordeados por infinidad de pestañas exageradamente largas. La chica sonrió y repitió comprensiva:
-Es tradición que en la cena de inaguración con el rey, los nuevos vayan vestidos de rojo. -se apartó y la observó con aire crítico. Pellizcó la amplia falda de cancán y asinítió distraídamente con la cabeza.- Sí, creo que es tu talla.
La otra doncella recogía las raídas ropas de Sora del suelo y llenaba su armario de blusas estrechas, delantales y faldas abombadas de distinta longitud.
A Sora la habían bañado, cepillado los dientes, desenredado y acicalado el pelo, maquillado los ojos y las mejilas y pintado los labios de rojo carmín. También la habían dado de comer y de beber para calmar su malestar pero escasamente, pues la esperaba un banquete en apenas una hora.
-¿Qué te parece, Sally? ¿Le pongo más rubíes en el pelo?
La que estaba llenando el armario se dio la vuelta y la observó frunciendo levemente el ceño. Negó con la cabeza.
-No, así está bien. -de pronto arrugó la nariz y adoptó una expresión concentrada, haciendo que las pecas de sus mejillas parecieran más pequeñas- ¡Lidia, por dios, has olvidado perfumarla!
-¡Oh no!- la doncella se precipitó hacia uno de los cajones del baño y sacó un enorme frasco que a duras penas podía sujetar. Lo depositó entre jadeos sobre una silla y mirando fijamente a Sora, le explicó- Es muy importante que te perfumes antes de servir al Rey. Debe ser lo primero que hagas al levantarte y lo último que hagas al acostrarte. Terror no debe oler más que tu perfume.
-¿Por qué tengo que hacer eso?- quiso saber Sora mientras Sally destapaba el frasco y un fuerte olor afrutado inundaba la habitación.
-Porque si el rey te huele, le entrará hambre -Lidia mojó la punta de un trapito en el líquido anaranjado del frasco y se acercó a ella- y te comerá.
-Ya me han dicho antes eso de que... eso de que el Rey come personas, pero... no lo entiendo. -Lidia frunció el ceño, pero continuó pasando en trapito por su piel.- ¿Es caníbal, o algo así?
Las dos doncellas abrieron desmesuradamente sus ojos, ya de por si grandes, logrando el volumen de dos bombillas y se miraron sorprendidas. A continuación empezaron  a reír al mismo tiempo, y una vez hubieron empezado les costó parar.
Sora se preguntó si habría dicho algo gracioso. Mientras esperaba a que dejaran de reírse avanzó descalza hacia un espejo antiguo que había colgado de la pared de piedra y al ver su reflejo no se reconoció.
Llevaba un precioso vestido de seda escarlata, que dejaba la espada al descubierto, entallado en la cintura y de amplia falda con incontables cancanes. El escote tenía forma cuadrada y los bordes de la tela y las mangas eran de delicado encaje. Gruesos rubíes coronaban su cabeza a modo de diadema, y su pelo caía suave y brillante por la espalda desnuda.


No podía dar crédito a lo que veía. En ese preciso momento unos rápidos y rítmicos golpes sonaron al otro lado de la puerta mientras la voz de Jairo canturreaba:
-¿Está Sora vestida? ¿Está guapa? ¡Me da igual, voy a pasar!
La puerta chirrió al abrirse y Jairo entró triunfante en la sala. Paseó con una sonrisa sus ojos amarillos por la habitación, y al reparar en  Sora los clavó en ella sin disimular su asombro.
-Madre mía, Sora ¿eres tú de verdad?
Ella no pudo evitar sonreir. Las doncellas le saludaron, atenuando poco a poco sus carcajadas y enjugándose las lágrimas que resbalaban por sus pecosas mejillas.
Jairo vestía una especie de jubón en tonos dorados, bordado y decorado con topacios, y unos estrechos pantalones de tela beige. Su pelo, castaño y de punta, desprendía cuando se movía un leve brillo dorado de algo que se asemejaba a la purpurina.
Se acercó a ella y la miró exactamente como un gato a un ratón. Las rendijas que tenía como pupilas relampaguearon divertidas al recorrer fugazmente la forma cuadrada del escote, de forma casi imperceptible.
-Estás preciosa -le dedicó su sonrisa más atractiva y comentó- al Rey le vas a encantar. Por no hablar de la cantidad de sirvientes que se van a enamorar de tí cuando te vean... y creo que ya va uno -añadió guiñándole un ojo significativamente.
Sora se ruborizó y preguntó:
-¿Tengo que hacer algo en la cena?
-Que va, simplemente el rey os verá y os dará su apobación. Luego podrás sentarte a la mesa y comer todo lo que te permita ese vestido tan ajustado que llevas. Lidia, ¿por qué Sora no lleva zapatos?-añadió bajando la vista hacia los pies desnudos de la chica, que a penas asomaban por debajo del vestido.
-Aquí están -respuso ella balanceando dos zapatillas de piel de las que pendían cintas.- Sally, ¿te importa ponérselas tu? Tengo que guardar el frasco.
-Ya voy, hermanita...- la doncella se agachó frente a Sora y tras ponerle las zapatillas ató las cintas a sus gemelos, deslizándolas con zapidez al rededor de sus piernas. -Ya estas lista.
Jairo le ofreció su brazo con una sonrisa felina.
-Me han ordenado que te acompañe abajo. -explicó mientras Sora tomaba el brazo que él le ofrecía.- Aunque lo habría hecho de todas maneras- añadió en un susurro mientras ampliaba su sonrisa.

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