Cuando sientes que el tiempo se detiene de repente, es cuando te das cuenta de que el momento que estás viviendo lo vas a recordar toda tu vida. Un momento así fue por ejemplo en el que Ana entró en clase, en el que todas y cada una de las miradas de la clase fueron magnetizadas por ella, en el que no se oyó más que las pisadas de sus converse negras desabrochadas sobre el suelo gris, en el que sólo se olió su perfume, único e incomparable a cualquier olor.
-Bienvenida, Ana. Toma asiento donde quieras.
Todos los alumnos se volvieron hacia el único pupitre libre, en medio de la clase.
Al verla me invadió una extraña sensación. Como si pudiera revivir cada segundo en la discoteca a cámara lenta. Como si todos mis recuerdos, sueños y pensamientos flotaran en el aire de la clase, rodeándola.
Jorge tenía los ojos abiertos de par en par, pues estaba sentado en el pupitre contiguo al que iba a ocupar Ana. No le quitaba los ojos de encima. Me pregunté cuánto tiempo podría aguantar sin pestañear.
Dani y Julián se reían, la miraban y se daban codazos. El resto de la clase susurraba cosas al compañero de al lado.
La profesora también estaba impresionada, en cierto modo. La miraba de arriba a abajo con un asombro que intentaba camuflar bajo el aire de autoridad y tolerancia que siempre debe estar presente en un profesor.
-Bueno, si quieres puedes hablarnos un poco de ti.
Ana soltó un suspiro de esos que suenan cuando sonríes, y negó con la cabeza casi imperceptiblemente mientras dejaba su mochila en el suelo. La profesora carraspeó.
-Bien, bueno, emm... tengo entendido que tu padre es francés y tu madre italiana, ¿es así?- la profesora vio derrumbarse sus esfuerzos por hacerla hablar con la sonrisita de afirmación que dibujaron sus labios.- Y... ¿hay algo que te guste hacer especialmente? ¿Tienes algún hobby?
Ana suspiró. Me dio la sensación de que se preguntaba qué habría entendido la profesora cuando negó su proposición de contar algo sobre ella.
-Jugar. -fue la respuesta.
Pareció que a Jorge iba a darle un infarto cuando oyó su voz. He estado pensando cómo describirla, pero no lo consigo. Mi mejor intento ha sido 'suave e insinuante'.
-¿Jugar? -preguntó la profesora, complacida de tener al menos una palabra con la que sacar tema de conversación- ¿Al parchís, al ajedrez..? ¿O practicas algún deporte?
-Se puede jugar a muchas cosas. -repuso ella ladeando la cabeza, trazando círculos en la madera del pupitre. Llevaba las uñas pintadas de negro. - No me gustan los juegos de mesa y no suelo hacer deporte.
-Ah, bueno.- la profesora carraspeó- Bien, Ana, espero que te encuentres a gusto con esta clase, y me gustaría que supieras que para lo que necesites, aquí estoy. -la profesora le dedicó una sonrisa el triple de grande que la que ella le devolvió, y se dio la vuelta para anotar la fecha en la pizarra.
Vi de reojo como Ana cambiaba de postura y se cruzaba de piernas. El encaje del borde de su vestido enseñaba sus medias negras con carreras, y la piel que había debajo era lisa y bronceada. Reprimí mi impulso de agacharme y tocarla.
La miré. Ella tenía la vista fija en los círculos invisibles que iba trazando con la uña sobre la mesa, y de pronto esbozó media sonrisa, giró la cabeza lentamente y me miró con sus ojos castaños y la expresión de quien sabe que la llevas mirando desde hace rato. La sangre se me subió a la cabeza y bajé la mirada. Pero ella no apartó los ojos de mi rostro ruborizado.

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