Ayer él tardó en venir. Yo lo estaba esperando con la vista fija en la ventana abierta, sin atreverme a asomarme, recorriendo con la mirada todas y cada una de las estrellas que había pintadas en el cielo, escuchando mi respiración, rogando para que alguna de repente se moviera y yo descubriera que no era un astro, si no él con su luz blanca que venía a visitarme. Finalmente, cuando estaba cerrando los ojos a punto de quedarme dormida, sus suaves y cálidos dedos recorrieron mi mejilla, y lo próximo que vi fue su sonrisa serena y dulce, y sus ojos azules, que escrutaban los míos.
Antes de que yo dijera nada, se sentó en la cama y me dijo que tenía algo para mí. Yo le pregunté si era un regalo, y él asintió con la cabeza y me puso en la palma de la mano un pequeño libro forrado de tela blanca, sin título ni autor. Le pregunté si lo había escrito él, pero no me respondió. Lo abrió por una página al azar y leí la primera frase de un párrafo: "el amor es poesía". Le miré, y él me volvió a acariciar la mejilla, sonriendo. Cada vez que hacía eso, me miraba con infinito cariño, y llegué a preguntarme si me conocería de antes, pero aquello era imposible.
Me preguntó si había intentado subrayar algún libro. Yo le conté que había subrayado Peter Pan y que tenía razón, que era cierto que los libros podían comprenderme. Él pareció alegrarse.
Mientras pasaba las páginas de su libro y me leía en voz baja algunas poesías, me dediqué a observarlo.
Mi amigo... es blanco, totalmente blanco. Pero no blanco como las portadas de su libro; era un blanco mágico, como el color de las perlas del collar que me hicieron las hadas una vez. La piel, el pelo, la ropa... todo en él es blanco excepto el azul profundo de sus ojos. No sé si era una criatura mágica como mis hadas, pero no me parece humano. Debe tener mi misma edad, pero no se lo pregunté.
Cuando me hubo leído dos poesías, se acercó a mí y me rodeó aquel delicioso aroma de flores. Me miró como lo había hecho la otra noche, con esa paz indescriptible y esa calma que no tardaron en hacer que me pesaran los párpados y deseara dormirme. Lo último que sentí antes de rendirme al sueño fue un delicado beso en la frente.
A la mañana siguiente, desperté con su librito de poesía entre las manos. Sonreí ampliamente al cerciorarme como la mañana anterior de que no había sido un sueño y mi amigo existía de verdad. Me levanté y oí a D apremiarme para que bajara a desayunar. Desde la cocina, su voz anunció alegremente que al fin había conseguido cocinar tortitas sin que se le olvidara ningún ingrediente y que había comprado mermelada de arándanos. No le dije lo mucho que me habría gustado acompañarle fuera de la torre a hacer la compra.
Las hadas hicieron tintinear los cristales de la lámpara alegremente para darme los buenos días y las respondí. Por un momento me paré a pensar en D y en ellas; no les había contado nada sobre mi nuevo amigo blanco, pero las hadas podían haberlo visto todo desde la lámpara. Si era así, no me dijeron nada y bajaron conmigo a desayunar, como siempre. Hacía tiempo que no estaba tan feliz."
Entendí de repente de quién era el librito que encontré con letras subrayadas en plateado. Pero aún no decía nada de la frase que encontré al final, "yo estoy contigo"... la curiosidad vencía el sentimiento de pena constante que me aprisionaba la garganta, y pasé la página en busca de más respuestas. Cada vez estaba más cerca de descubrir dónde estaba mi niña.

Me gusta cómo evoluciona esta historia. Te está quedando mejor que bien :)
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