Ardía, crepitaba, crecía, devoraba, iluminaba, confundía. El primer fuego de la segunda historia abrasaba a Irvin por dentro, haciéndole incapaz de apartar la mirada de Sora.
Los otros sirvientes entraron en la sala, seguidos de Hanzel, Apolo, Jairo y unas cuantas doncellas. Las pesadas puertas de madera oscura se cerraron solas con un lastimero y fuerte crujido.
Los diez sirvientes, entre ellos Sora, recorrían el salón con miradas nerviosas mientras los guardianes recién llegados intercambiaban rápidas palabras con Irvin en voz baja, quien seguía teniendo su mirada celeste fija en el rostro de la chica. No había ni rastro del rey.
El mármol del suelo y de las paredes refulgía con un extraño tono granate bajo el resplandor de miles de antorchas repartidas por las paredes; la más grande coronaba una inmensa lámpara de araña cuyos cristales tintineaban y repartían destellos rojos por la sala, iluminando los asombrados rostros de los jóvenes sirvientes. La mesa en la que se serviría el banquete estaba elegantemente adornada con candelabros y centros de mesa con camelias del color del vestido de Sora. Al acercarse, la chica descubrió extrañada que las flores desprendían el mismo olor que el perfume con el que las doncellas la habían rociado minutos antes. Un inexplicable escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Cuando los temblorosos murmullos de los sirvientes se extinguieron, una de las doncellas se subió a la tarima en la que estaban los guardianes y sonrió con falsa simpatía a los diez rostros que se volvieron hacia ella. Tenía la nariz afilada y los labios pequeños y finos. Sus ojos color pistacho recorrieron a los presentes antes de empezar a hablar.
-Bienvenidos, nuevos sirvientes. Ahora constituis la primera generación, y por tanto vuestro cometido será, al igual que el de la segunda, asistir personalmente al rey de acuerdo con las capacidades y habilidades que habéis demostrado a los guardianes.-se volvió hacia ellos y Hanzel y Jairo sonrieron; Apolo e Irvin, por el contrario, tenían la mirada perdida en algún punto del salón y no parecieron darse cuenta de que les mencionaban.- Dentro de unos momentos dará comienzo la cena de inauguración, y se procederá a la ceremonia de los fuegos fatuos.
Los sirvientes se miraron unos a otros con evidente desconcierto. Sora sabía lo que eran los fuegos fatuos, pero no podía imaginarse qué tendrían que ver con la cena de inauguración.
De pronto, un fuerte estallido hizo retumbar el suelo y los guardianes y la doncella recuperaron el equilibrio a tiempo para evitar caerse de la tarima. Los ojos pistacho de la mujer brillaban de júbilo cuando anunció:
-¡Sirvientes!- todos la miraron, expectantes, tratando de ignorar el temblor que sacudía el suelo del castillo.- El rey Terror.
Los estruendos se hicieron más violentos y fuertes golpes hicieron vibrar el mármol del salón. Los nueve sirvientes contuvieron la respiración con la vista fija en la enorme puerta que había al otro lado del salón, detrás de la tarima. Las aldabas doradas temblaban con fuerza a medida que los golpes aumentaban su intensidad. Y de pronto, se hizo el silencio. Todos esperaron, con los ojos atemorizados puestos en la puerta cerrada. Sora se había puesto pálida y de reojo vio como una de las chicas empezaba a llorar silenciosamente.
Las puertas se abrieron con un golpe ensordecedor, y seis de los diez sirvientes retrocedieron varios pasos. Los demás estaban demasiado asustados como para moverse, o en el caso de Sora, de reaccionar.
Un enorme dragón negro atravesó las puertas majestuosamente, retando con su mirada de rubí a todos los presentes. Desplegó las alas provocando una intensa ráfaga de viento que sacudió los vestidos de las doncellas y el cabello de los guardianes, y emitió un terrible alarido que hizo vibrar las paredes de mármol y las antorchas que sostenían.
-El rey es... un dragón- susurró Sora para sí.
Pronto el miedo dio paso al asombro y los sirvientes que habían retrocedido volvieron a acercarse, pero sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos. Sora, en cambio, no pudo apartar los suyos de aquellos enormes y fríos iris, rojos como la sangre, que brillaban bajo la luz de las antorchas como piedras preciosas.
El dragón pareció percatarse de la intensa mirada de la joven, y avanzó hacia ellos ocasionando fuertes temblores en el suelo. Los guardianes siguieron su desplazamiento con la mirada, alertas, e Irvin se levantó instintivamente de su asiento, mirando alternativamente a la chica y al dragón. Terror inclinó su largo y escamoso cuello hasta situar su hocico frente a la cara de Sora, que permaneció clavada en el suelo, aterrorizada.
Irvin recorrió la sala hasta situarse a escasos centímetros de la chica y al ver que el rey no se movía, deslizó su brazo derecho tras la cintura de Sora, de forma protectora, e intentó apartarla un poco.
-Mi señor- dijo en voz alta y firme, a pesar del ligero temblor de sus manos- la mesa y la comida están listas. Podemos comenzar el banquete.
El dragón irguió su majestuoso cuello de nuevo, pero no apartó ni un segundo sus ojos fríos y rojos como rubíes del tembloroso cuerpo de la chica.
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