jueves, 4 de agosto de 2011

Segunda historia: fuegos. La primera llamarada

Sora descendió la escalera de caracol desde el último piso hasta el primero, en el que, según le había explicado Jairo, trabajaba la última generación de sirvientes. Llegaron a una especie de rellano. En una de las paredes se alzaba una puerta enorme y gruesa de madera de aspecto antiguo, y frente a ella, los nueve sirvientes restantes esperaban para hacer su entrada al comedor en el que les aguardaba Terror. Varios sirvientes de la segunda generación, entre ellos doncellas como las que habían arreglado a Sora, observaban con satisfacción los vestidos y los jubones con los que habían vestido a los nuevos.
Manos que se retorcían nerviosas sobre una amplia falda, la mirada oscura e inquieta que un chico le dirigía a los aldabones de la puerta, mejillas lívidas y gargantas que tragaban saliva... se respiraba un ambiente tenso, aquellos nueve jóvenes iniciaban su servidumbre en el castillo aquella noche; ninguno de ellos había visto jamás al rey que gobernaba su pueblo, y todos y cada uno de ellos le temían más que a cualquier otra cosa en el mundo.
Una exclamación jovial, que parecía totalmente fuera de lugar en aquel momento, hendió el aire y Sora se dio la vuelta al distinguir su nombre entre los gritos.
-¡Sora! ¡Soraaa! Oh dios mío, ¡Sora!
Hanzel, el guardián contra el que había peleado momentos antes con la espada, corría hacia ella haciendo ondear su larga coleta castaña mientras le dedicaba una sonrisa radiante. Como un rayo se puso de rodillas y la tomó de la mano teatralmente.
Cásate conmigo!
Sora no rió ante la broma y miró a su al rededor. Los nueve sirvientes contemplaban la escena cohibidos, y Sora se preguntó por qué los guardianes sólo bromeaban con ella. Apartó su mano y Hanzel se puso de pie.
-¡Estas increíble! Eh, Apolo, ¿has visto esto?
El guardián que se aproximaba por el pasillo sacudió su pelo rubio en un gesto perezoso y posó sus ojos violetas en el vestido de la chica.
-No está mal... sinceramente, la prefería antes, llena de mugre. Al menos intimidaba, ahora parece una muñeca indefensa.
-Exacto, Apolo, una muñequita.- Hanzel se giró hacia ella y le hizo un gesto con la mano para restar importancia a la mirada violeta de escepticismo que le dirigía el otro guardián- No le des importancia, lo hace para enfadarte.
-No voy a...- Sora se interrumpió al advertir algo extraño- Los guardianes... ¿no erais cuatro?
-Técnicamente somos cinco, pero no tendrás mucho tiempo para hablar con el quinto, por que siempre está haciendo compañía al rey, las veinticuatro horas del día. Y en cuanto a Irvin- explicó Jairo- está dentro, el rey le ha mandado llamar para que supervisara a las doncellas mientras disponían la mesa para el banquete.
Al oír su nombre, Sora recordó su fría mirada azul y se estremeció.


-¿Van todos al banquete?
-Sólo los nuevos. Los guardianes y algunas doncellas también pasan, pero no se sientan a cenar, sólo sirven la comida y controlan que no falte nada.
Sora sintió que la tensión iba en aumento. Los sirvientes habían empezado a murmurar entre ellos, y algunos la miraban con una mezcla de desconcierto y desdén.
-¿Por qué me miran todos así?
-Bueno, probablemente sea por que estás con nosotros... se supone que no se pueden establecer relaciones con sirvientes de generaciones superiores, está mal visto y prohibido por el rey.
Sora se dio cuenta entonces de que lo normal sería que ella estuviera metida en aquel enredo de nervios y murmullos y alejarse lo más posible de los guardianes.
-¿Y por qué sólo me hacéis caso a mí? No os he visto hablar con ninguno de ellos.- dijo señalándolos con una cabezada.
-Ellos nos tienen miedo.- repuso Apolo- Parece ser que después de las pruebas que te hicimos dejamos de intimidarte.
Aquello no era cierto del todo, pero Sora no lo desmintió. Hanzel rió alegremente.
-Menos mal que no te maté. Vas a acabar cayéndome bien.- tras una pausa que Sora aprovechó para tragar saliva, Hanzel añadió- De todas formas, no pasa nada por que estés con nosotros. Podemos hablar, lo que en realidad está prohibido es el amor entre distintas generaciones. De modo que... ¡lo siento, pero lo nuestro es imposible!
El chirrido ensordecedor de los goznes girando al abrirse las puertas ahogó la voz de Hanzel y la respiración de los nueve sirvientes, que permanecieron inmóviles mientras la brillante luz que salía del interior les bañaba por completo, arrancando maravillosos destellos de las piedras preciosas de los vestidos y de los hilos dorados de los jubones. Una voz ligeramente gangosa resonó en el interior del salón:
-Carolina.
Una chica situada a pocos metros de Sora dio un respingo y atravesó la puerta con pasos torpes.
-Adán.
El chico que antes miraba la puerta tan asustado arrastró los pies hacia el interior de la sala, tratando de disimular el temblor de sus manos.
-Sora.
La chica tardó en reaccionar. Jairo le dirigió su sonrisa felina y le dio un pellizco en la cadera, tal vez más abajo de lo que podría considerarse correcto. Hanzel le guiñó un ojo. Sora atravesó las enormes puertas abiertas y parpadeó varias veces para acostumbrarse a la intensa luz del comedor.
Al otro lado de la sala, Irvin recorría con el dedo los dibujos de la tela del reposa brazos de su asiento. El sofá le parecía más entretenido que las miradas atemorizadas y nerviosas que le dirigían los sirvientes que iban entrando. Al oír le nombre de Sora, levantó la cabeza al sonarle extrañamente familiar, y clavó los ojos en la chica que en ese momento entraba en el salón.
A partir de aquel momento, por primera vez en la segunda historia, una fuerte llamarada encendió las ascuas.
Se prendió el primer fuego.

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