No sé cuánto tiempo estuve con los ojos cerrados, apretando La Princesa Prometida contra mi pecho.Pero cuando sentí que hiciera lo que hiciese el libro no me revelaría los secretos que guardaba, lo volví a poner en su sitio. Hojeé La Bella Durmiente, El león, la bruja y el armario, Sentido y sensibilidad, Cumbres Borrascosas, Blancanieves...y no encontré ninguna flor ni ninguna nota. Pero después de lo que había visto en el primer libro estaba decidido a hojearlos todos, en busca de cualquier pista.
Estaba desanimado y cansado de pasar hojas, cuando volví a encontrar otra rosa prensada, entre las páginas de Peter Pan. Con gran alivio, encontré varias frases señaladas en dorado. Me llamó la atención un párrafo que ella parecía haber subrayado más de una vez:
"...en cuanto la puerta del 27 se cerró tras el señor y la señora Darling hubo una conmoción en el firmamento y la más pequeña de todas las estrellas de la Vía Láctea gritó:
-¡Ahora, Peter!"
Me quedé pensando en el significado de esas líneas. Ahora, Peter... Peter Pan, tras el grito de aquella estrella se había llevado a Wendy Darling y a sus hermanos, John y Michael. Él... se había llevado a Wendy. Entró por su ventana, y la llevó con él al País de Nunca Jamás.
Casi sin querer, me di la vuelta.
El visillo rosa bailaba lentamente al compás de la brisa que se colaba por la ventana mal cerrada. Lo aparté con brusquedad, y examiné la cerradura. Mi corazón dio un vuelco; estaba rota.
La llave descansaba en un cajón de su mesilla. Me resultó imposible hacerla girar. ¿Por qué no me di cuenta antes de que las ventanas no podían cerrarse? ¿Las rompió ella? No, mi niña no haría algo así.
Las abrí completamente y las bisagras dejaron escapar un leve quejido. Estaba acostumbrado a vivir en una torre, y no me detuve a contemplar el increíble paisaje que se ofrecía ante mis ojos a pesar de que a ella le habría encantado hacerlo. Examiné los postigos de la ventana, en busca de alguna pista que hubiera podido dejar Peter Pan de haberse llevado a mi niña. Pero no encontré nada.
Coloqué el visillo como estaba y volví a hojear el libro. Unas páginas antes hablaba sobre la sombra de Peter, que se había colado en la casa de los Darling, y Nana, el perro-niñera de la familia, había decidido colgarla en el balcón para que quien fuera su propietario se la llevara. Pero la señora Darling tuvo una idea mejor:
"Decidió enrollar la sombra y ponerla a buen recaudo en un cajón, hasta que llegara un momento adecuado para decírselo a su marido".
Esta frase estaba subrayada, y mi niña había rodeado las palabras "momento adecuado para decírselo". Busqué entre esas páginas pero no encontré ningún papel rosa. El corazón me latía muy deprisa.
Abrí todos los cajones de su mesilla, pero sólo contenían cajitas de porcelana con cartuchos de tinta y cuadernos en blanco. Tras leer esas líneas, me invadió el absurdo convencimiento de que mi niña ocultaba algo en un cajón y había estado esperando el momento adecuado para mostrármelo. Tal vez ese secreto me diría donde estaba. Tal vez la encontraría, tal vez la traería de vuelta, aquí, conmigo...
Examiné todos y cada uno de sus muebles, pero no encontré nada que no hubiera visto antes en ningún cajón. Agotado, miré hacia la ventana. La luz que zigzagueaba ahora por la habitación era de un tono anaranjado, y supe que estaba atardeciendo. La puesta de sol a través del visillo me arrancó un suspiro y me derrumbé en el suelo.
La soledad nunca había sido tan silenciosa y triste. Nunca había sabido tan agria. Nunca había sonado tan hueca.
Por primera vez, sentí un miedo aterrador hacia aquel silencio. Me resultó angustioso no oírla pasando las páginas de sus cuadernos, no sentir su respiración acompasada, no escuchar sus gritos ahogados o sus risitas sofocadas cuando leía una escena determinada de un libro. Observé los destellos de colores que reflejaban los cristales de la lámpara sobre mi cabeza. ¿Qué querías ocultarme? ¿Dónde lo guardabas?
Me giré para incorporarme, pero mientras me apoyaba en mi antebrazo pude ver debajo de la cama un tablón de madera más levantado que los demás en los extremos. Me deslicé hasta él sin cambiar mi posición y no sin mucha dificultad lo arranqué de su sitio.
Me encontré de pronto con el asa dorada de un cajón. Me palpitaron las sienes y me temblaron los dedos cuando tiré de ella hacia mí. Saqué el cajón del suelo y traté de abrir la tapa que lo cerraba antes de recuperar mi pulso normal, pero no lo conseguí. Cuando logré calmarme y controlar los movimientos de mis dedos, lo abrí y miré en su interior. Dentro encontré una preciosa pluma blanca y suave y una hoja rosa doblada.
La sombra de Peter había sido escondida en un cajón hasta que la señora Darling encontró (o perdió) el momento para hacérselo saber a su marido. Esa pluma tenía algún significado. Mi niña...¿Tenías intención de explicármelo?
El papel rosa me respondió con su letra dorada.
"No puedo decírselo".

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