La chica tardó un tiempo en acostumbrarse a la luz de las antorchas, pero la bestia no se lo concedió. La agarró del brazo con fuerza, la incorporó y otras dos bestias que aguardaban fuera ataron cuatro cuerdas a su alrededor, una a la altura del pecho, pegándola los brazos al torso e impidiendo que los moviera. Otra atando sus muñecas, tras la espalda. La tercera en su cintura, y la cuarta rodeando uno de sus tobillos, por si trataba de escapar. El hedor que desprendían sus pieles negras y escamosas se hacía tan insoportable como el mareo que le había ocasionado su brusco levantamiento del suelo, y sentía que poco a poco le fallaban las piernas. A pesar de que lo único que comía era pan duro y fruta podrida, sintió nauseas cuando las bestias se acercaron más a ella.
Momentos después las tres caminaban por delante de ella, haciendo resonar sus pisadas en la penumbra llameante del pasillo, tirando de las cuerdas para obligarla a avanzar. La chica se esforzaba en seguir su ritmo, dando traspiés. Tenía tanto miedo que no era capaz de llorar.
Subieron una escalera de caracol, y la chica se dio cuenta de cada vez había más luz. Pronto llegaron a un enorme salón, tan grande que la chica tuvo que forzar la vista para distinguir las siluetas de cuatro jóvenes corpulentos repartidos por la sala junto a la pared de piedra. Todos vestían un uniforme rojo y negro con bordados en dorado sobre los hombros.
La bestias tiraron de la cuerda para que se detuviera, y la pusieron de rodillas en el suelo.
La leyenda llegaba hasta ahí.
En ese castillo vivía el rey de su pueblo. Era tan horrible y temido que la gente solía referirse a él con el nombre de Terror. Nadie lo había visto nunca y había regresado para contarlo, porque jamás salía de su castillo y todo el que entraba en él no volvía a salir, pero se decía que era una criatura nacida de las entrañas del volcán al lado del cual vivía. Cada año mandaba apresar diez chicos y diez chicas de edad comprendida entre los diez y los veinte años; cinco de cada género pasaban a estar a su servicio en el castillo. Los otros cinco que no servían eran cocinados para cenar.
La chica sabía que era el momento de decidir si iba a ser devorada o iba a servir en el castillo hasta el fin de sus días, o hasta que Terror se aburriera de ella. No sabía cuál era el método de selección.
Cada vez más nerviosa, se preguntó por qué las bestias la tenían arrodillada en el suelo en vez de obligarla a caminar de nuevo. Y fue entonces cuando oyó el grito.
Miró hacia el frente y vio como dos bestias sostenían por ambos lados a una mujer de aspecto débil y enfermo. Observó cómo uno de los jóvenes uniformados avanzaba hasta ella e impasible desenfundó una espada. La chica cerró los ojos y los gritos cesaron, seguidos de un sonido sumamente desagradable.
Al cabo de un rato notó como las cuerdas comenzaban a tensarse de nuevo. Cuando abrió los ojos no había ni rastro de la mujer ni de las bestias, y ni una sola gota de sangre. El joven uniformado clavó sus ojos claros en ella mientras las bestias la obligaban a levantarse. El miedo la devoró por dentro.

Lady Lola, ¿cómo me dejas así?
ResponderEliminarEspero leer las siguientes entradas pronto.
Un beso muy grande.
Atte: Neila
Continuaré, Neila. Me alegra mucho que te guste
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