jueves, 9 de junio de 2011

Segunda historia: fuegos

Esta historia habla de fuegos. No solo de esos que arden y chisporrotean, de los de las antorchas o de la chimenea en invierno, sino también de fuegos abrasadores, peligrosos, ardientes, que no se pueden apagar y que se llevan dentro. La ira, la rabia, la venganza, la pasión, el odio, la envidia...
Había una vez un fuego. Había una vez un castillo. Había una vez una chica...
El fuego estaba apagado aún, apenas ardían las ascuas. El castillo se alzaba imponente a las orillas del cráter de un volcán. Y la chica se abrazaba las rodillas sucias en una esquina de un calabozo, dentro del castillo.
La chica sabía lo que le iba a pasar. Sabía dónde estaba. Sabía que todas sus hermanas mayores se habían abrazado las rodillas igual que ella en ese mismo calabozo, pensando en la suerte que correrían al salir.
De vez en cuando se oían cadenas fuera de su celda, y ella se asustaba, pero siempre se oían los gritos de otras mujeres que no eran ella. Pero aquel día las cadenas se oyeron detrás de su puerta. Una mano gigante incandescente y verrugosa giró la llave en la cerradura y la puerta chirrió al abrirse.
La chica se protegió del resplandor del fuego con los brazos; llevaba una semana sin ver más luz que la que se colaba del exterior entre las grietas de su pared, y en el pasillo al que daba su puerta estaba iluminado por el resplandor rojo de cinco antorchas. La bestia bramó su nombre. Había llegado su turno.

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