Decidí acabar de examinar la estantería antes de empezar a buscar más pistas bajo los tablones de madera, donde al parecer también podían ocultarse. Fui sacando uno a uno los libros y depositándolos con cuidado sobre el edredón, tras pasar rápidamente sus páginas con el dedo.
Llevaba recorridas dos estanterías cuando lo encontré. Estaba exactamente igual que los demás secretos; ahí, descansando, como si nada, sin ser consciente de lo importante que había sido para mí encontrarlo, sin saber que cada segundo que pasaba durmiendo en la estantería, yo me iba ahogando más y más en mi angustia. Cuando lo toqué me sentí un poco mejor.
Se trataba de un libro pequeño, no muy grueso, encuadernado en tela blanca. En la portada no aparecían autor ni título alguno. Así, cerrado, en la palma de mi mano, parecía encerrar más secretos que toda la habitación entera. Me senté en el suelo y lo abrí. Pasados unos minutos en los que sólo podía escucharse la luz reflejándose en la pared, me di cuenta de que era un libro de poesía. Mezclaba varios poemas, de autores anónimos. No creí haber leído ninguno antes.
De pronto me di cuenta de algo muy extraño. También habían trozos subrayados, pero esta vez eran letras en vez de frases. Y supe inmediatamente que no había sido mi niña, porque las líneas eran plateadas.
O, t, n, i, y, s,... continué pasando páginas y conté catorce letras señaladas. En la última página descubrí la caligrafía dorada de mi niña, que había anotado todas y había hecho combinaciones con ellas. La última combinación de letras, y la única que tenía sentido, estaba rodeada dos veces: "Yo estoy contigo".Se me ocurrió pensar que esa frase era un mensaje que mi niña había descifrado. No había visto aquel libro nunca antes, no podía ser suyo. Tampoco tenía tinta plateada, solo cartuchos azules y aquel bolígrafo dorado que le regalé por su cumpleaños.
Alguien le había dado ese libro a mi niña, alguien había señalado las letras para que ella descifrara el mensaje.
Empecé a pensar en todo lo que me había ido encontrando. Había algo que no encajaba.
Pronto me di cuenta de que en esta historia existía un personaje secundario, alguien a quien yo no conocía y con quien no había contado hasta entonces.
Alguien que arrancó páginas de algunos libros de su estantería. Alguien que le dio el que yo sostenía en la mano, y que le dejó un mensaje. Alguien que escribía en plateado. Alguien que había roto su ventana. Alguien que "estaba con ella". Alguien tal vez responsable de las anotaciones que mi niña hacía en esos papeles rosas.
Recordé los subrayados que encontré en La Princesa Prometida, en los que Buttercup hablaba de su Westley, de mundos lejanos e idílicos donde su amor era posible. Quizás era allí a donde mi niña había ido.
Pero luego recordé a Peter Pan, y que Wendy no voló sola, y supe que ese Peter Pan que perdió su sombra en un cajón, era el mismo personaje secundario que tal vez había ayudado a volar a mi niña, y que perdió la pluma que encontré debajo de los tablones del suelo.
A lo mejor mi niña no voló sola. A lo mejor ni siquiera se fue.
Quizás un Peter Pan se la llevó por la ventana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario