Pero ella no estaba aquí. Ya no pude encontrar mas señales en los libros, ya no me susurraban nada entre las páginas ni me instaban a seguir buscando.Se me cerraban los ojos, pero tenía que encontrarla. Sabía que aunque tenía sueño no iba a ser capaz de pegar ojo.
Tenía que existir al menos otro escondite en la habitación. De algún modo lo sabía, tenía una sensación parecida a la que tienes cuando lees un libro y algo sale mal; tienes la certeza de que el protagonista va a poder superarlo y que en tres o cuatro capítulos se habrá resuelto el problema. Pero mi vida, desafortunadamente,no era un libro. La suya tampoco.
Pensé en qué hacía ella cuando las cosas iban mal. Cuando no podía encontrar su pluma por ninguna parte, cuando perdía algún cuaderno. Mi niña respiraba hondo, se ponía en el centro de la habitación y hablaba con sus hadas para que la ayudaran a encontrar lo que había perdido. Siempre lo acababa encontrando.
Me pregunté si sus hadas se habrían ido con ella o seguían aquí. Sabía que ella podía hacer magia y yo no, pero tuve que intentarlo.
-¿Hadas? ¿Estáis ahí?
Mi voz sonó ronca y chirriante, como un lamento. Nunca les había caído muy bien, de modo que no me habría extrañado demasiado que no contestaran. Pero necesitaba su ayuda. Un perezoso tintineo proveniente de los cristales de la lámpara me dio esperanzas para seguir hablando:
-Sé que ella os quería muchísimo. Pero no puedo encontrarla. Necesito vuestra ayuda... quiero saber a dónde ha ido, quién se la ha llevado...
Los tintineos sonaron más fuertes, y si no me equivoco, sonaron tristes. Percibí su compasión y pensé en lo mucho que ellas debían echarla de menos.
Supe que estaban arriba, subidas a la lámpara de cristales de colores, mirándome. Pero yo no quise levantar la cabeza, ella nunca lo hacía. Decía que a las hadas les asustaba que las miraran a los ojos.
-Quiero encontrar el último escondite... hay uno más ¿verdad? Hay una pista más... cuando la tenga sabré donde está mi niña.
Paré de hablar porque se me quebró la voz. No pude comprender cómo había sido capaz de no llorar en toda la tarde. Tal vez porque mi obstinación en mi propósito de encontrarla era inquebrantable.
La hadas me comprendían. Sus tintineos me consolaron durante unos minutos en los que me tragué las lágrimas, y después pude ver un resplandor verde, el reflejo de uno de los cristales, que descendía por la pared con un extraño brillo y me señalaba la estantería. Pero no las repisas. Me enseñaba el lugar donde el mueble tocaba la pared.
Trató de colarse por ese hueco, pero la luz no llegaba detrás de la repisa. El hada me miró, y yo vi de reojo cómo me sonreía, triste, pero a la vez esperanzada. Sin apartar los ojos del sitio que me había indicado, le di las gracias con un hilo de voz. Varios reflejos rosas, amarillos y azules danzaron en la pared que tenía en frente para darme ánimos. Luego volvieron a subir a la lámpara y las hadas se sumieron en un profundo sueño.
Con manos temblorosas, retiré la repisa de la pared. En ese hueco, durmiendo como las otras, encontré la última pista.

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