domingo, 12 de junio de 2011

Segunda historia: fuegos. Cuatro sillones

Las bestias arrastraron a la chica hasta el centro de la sala, donde momentos antes había estado la mujer enferma. El joven uniformado había clavado sus ojos en el temor de los suyos, como dos estacas frías y sin expresión. La chica se estremeció y bajó la vista. Las cuerdas se tensaron hacia abajo y la obligaron a ponerse de rodillas frente a él.
Estaba muy mareada. La vista se le nublaba y no sentía las piernas, entumecidas por el frío y la humedad del calabozo. Tenía hambre y sed, y estaba agotada de no dormir. No lograba entender las palabras graves y ásperas que intercambiaban las bestias con el chico de rojo y negro, aunque le pareció entender "útil" y "examinar".
-Levántate-ordenó el joven.
Las bestias le quitaron las cuerdas y las dejaron en el suelo. Luego se apartaron.
El chico la observaba, impasible. Ella se sentía incapaz de mover un solo músculo.
-Escucha, prisionera; yo soy el que va a decidir si vives o mueres, y si me da por pensar que estás enferma o que no sirves para nada no me va a quedar más remedio que matarte. Así que por lo menos procura ser obediente. Levántate.
Los otros tres jóvenes repartidos por la sala se situaron frente a ella y la observaron detenidamente. Uno de ellos le dirigió una sonrisa burlona. Tenía iris felinos amarillos y el pelo de punta.
La chica se levantó. Un temblor atenazó sus rodillas, que amenazaban con sucumbir a su peso. Trató de mantener el equilibrio.
Las bestias les trajeron sillones, y los cuatro tomaron asiento sin dejar de examinarla.
-¿Cuál es su nombre?- preguntó un joven rubio que ocupaba el primer sillón.Tenía los ojos de color violeta oscuro.
-Sora -bramó una de las bestias.
-Hum, conque una joya oriental, ¿eh?-comentó el del cuarto sillón. Era bastante atractivo, de ojos de un verde sobrenatural, y de pelo castaño recogido en la nuca.- Sora significa cielo en japonés, ¿no es así, preciosa?
A Sora le pareció cruel que se burlara de ella de aquella manera. Pero cualquier cosa que ella dijera pondría en juego su cuello, de modo que asintió de forma sumisa y bajó la mirada.
El joven castaño sonrió con complacencia y se giró hacia los otros tres, que la observaban con el ceño fruncido. El rubio dijo:
-Tú no eres japonesa. No tienes rasgos orientales.¿Por qué te llamas así?
-Mi bisabuelo lo era. Me pusieron ese nombre por él.-contestó ella con voz ronca.
-¿Qué edad tiene?-inquirió el joven de ojos claros.
-Dieciséis años, señor.
-Podéis iros.
La bestias gruñeron y salieron de la habitación golpeando el suelo con sus enormes zarpas. Sora se vio de pronto vulnerable, sola frente a los cuatro jóvenes uniformados que la observaban con interés. Se dio cuenta de que todos ellos eran muy atractivos, y se preguntó si también se utilizaba la apariencia física como criterio para determinar el destino de los prisioneros.
-Bien, preciosa, creo que Irvin te ha explicado más o menos de que va esto; él decidirá si le vas a ser útil a nuestro rey. Si resulta que no lo eres, te mataremos.-concluyó sonriendo. Tenía la clase de sonrisa segura y tranquila de quien sabe que ejerce un enorme poder sobre los demás.- Sabemos que no estás enferma y que, exceptuando el hecho de que has pasado una semana en nuestros calabozos, no pareces alguien débil ni problemático, de lo contrario ya te habríamos matado.
-¿Tienes alguna habilidad especial?-preguntó el de los ojos amarillos apoltronándose en su sillón.
Sora no pudo responder. Estaba paralizada por el miedo.
-Te he preguntado si tienes alguna habilidad especial- repitió él mientras se examinaba las uñas.-Ya sabes, cocina, danza, humor, artesanía...
-Sé adivinar cuándo una comida está envenenada sin probarla- Sora tragó saliva. Tal vez aquella era la única oportunidad que tendría de salvarse.-Y sé luchar con la espada. Mi madre era sanadora y mi padre era espadero. Tenía un taller en las afueras del pueblo.-le temblaba la voz, pero sintió cierto alivio al ver un brillo de interés en las pupilas de Irvin.
-Qué interesante...Jairo, ve a las cocinas y trae dos panes y una botella de ricina.-el chico de ojos amarillos se levantó de su sillón y le dedicó una atractiva media sonrisa. Irvin acarició la empuñadura de su espada, y mirándola, murmuró: -Veamos si Sora dice la verdad.

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