miércoles, 15 de junio de 2011

Segunda historia: fuegos. Ricina

Jairo regresó con un bote de ricina, dos panes y un brillo divertido en su mirada amarilla.
Sin mediar palabra le dio lo que traía a Irvin, y este a su vez se lo dio al chico rubio, quien tras mirar a Sora con desconfianza, se metió tras los sillones y envenenó uno de los panes.
-Deja que sea yo quien luche con ella- pidió el chico de la coleta.- Tu has matado a casi todas las defectuosas, para una que parece tener una oportunidad... deja que me divierta un poco.- Irvin bufó y él le ofreció una sonrisa espectacular. Un escalofrío recorrió la espalda de la chica.
-De acuerdo, pero tal vez ella sea la que te mate a ti.-contestó Irvin, observándola fríamente con sus ojos azules.- Si decía la verdad respecto a la comida envenenada, ¿por qué habría de mentirnos con lo de la espada?
A Sora le daba miedo tener que luchar contra ellos. No obstante, no le preocupaban sus habilidades. Su madre le había hecho desarrollar la inmunidad a muchos venenos cuando era pequeña, y le había enseñado a reconocerlos y a identificarlos, como si se tratara de especias de cocina. Y su padre había necesitado su ayuda desde los cinco años, y a medida que fue creciendo, los servicios que prestaba en el taller hicieron crecer en ella una enorme atracción por las espadas, por lo que no tardó en aprender a luchar con ellas.
El rubio regresó de detrás de los sillones con la botella vacía y los panes. Miró a los ojos a Sora, y anunció con voz suave:
-Tiene miedo. Pero sabe cuál es el pan envenenado.
Y era cierto, lo supo en cuanto se los pusieron delante. El producto destilado de la ricina consistía en unos polvos blancos similares a la cocaína, y tras observar unos minutos, pudo identificarlos.
-Te explicaré en qué consiste, aunque no creo que sea difícil de comprender. La botella contenía una concentración de ricina equivalente a de cinco a ocho semillas de ricino, que como seguramente sabrás, es la dosis letal para un ser humano. La muerte que te espera si fallas, en condiciones normales será lenta y agónica, pero si aciertas pasarás a demostrarnos tu otra habilidad.-Irvin hizo una pausa y  luego preguntó- ¿Sabes qué pan es el envenenado?
-Sí -observó que todos estaban de pie y la miraban fijamente con una súbita seriedad en el rostro, excepto Jairo, que continuaba recostado contra su sillón y la observaba con una sonrisa expectante.-Este es el envenenado.-señaló el pan que le ofrecía el chico rubio en su mano derecha.
-¿De veras?-preguntó Irvin, inclinándose para verlo mejor. El rubio no movió ni un músculo.-Si es así, cómete el otro.
Sora sintió que se le congelaba la sangre en las venas. Aquello era muy arriesgado. Estaba segura de que no podía haberse equivocado, pero quizás ellos ya contaban con que sabría el aspecto que tenía el veneno y lo habían camuflado. Al coger el pan de la mano izquierda se manchó los dedos de un polvo blanco y se le paró el corazón, pero al frotarse las yemas y acercarlo más a sus ojos comprobó que era harina y que ofrecía un aspecto bastante distinto al que tenían los polvos del otro pan. Cerró los ojos y lo mordió.
Se hizo el silencio mientras masticaba. El chico rubio se permitió una sonrisa cuando Sora tragó.
Nadie dijo nada en un buen rato.
-¿Cómo lo has adivinado?- preguntó Irvin acercándose más a ella. La proximidad del chico la intimidó y balbuceó varias veces antes de responder que ella ya sabía el aspecto que tenía la ricina y también cómo identificarla.
El castaño dejó escapar una sonora carcajada que reverberó entre las altas paredes de aquella sala, y mientras le acariciaba un mechón del cabello, le dijo:
-Ahora te toca conmigo, preciosa. Apolo, dale tu espada. Es la más ligera para una chica tan débil y bella como lo es nuestra contrincante, ¿verdad que sí?
Sora quiso escupirle en esa cara de ángel, destrozarle el pretencioso uniforme con la espada de Apolo y demostrarle que podía vencerle con al izquierda, los ojos vendados y la espada más pesada que tuvieran en la sala. Pero masticó su rabia y su agotamiento y se los tragó, y aceptó la espada que le tendía el rubio, quien desde la superación de la primera prueba parecía mirarla con más respeto en los ojos.
El chico de la coleta y Sora empezaron a luchar sin parsimonias, atacando los puntos desprotegidos del otro y defendiéndose de la espada contraria en el último momento. Continuaron así un buen rato. Sora no podía más, pensó que si el evitar el veneno no la había matado, lo haría el agotamiento o la espada del chico de los ojos verdes.
Finalmente, él hizo un floritura inesperada y un tanto extraña que acabó por desarmarla, y quedó de rodillas, esperando el golpe final con los ojos cerrados.
Pero algo lo detuvo, y cuando los volvió a abrir, se encontró con el par de ojos verdes de su contrincante a escasos centímetros de los suyos, y antes de que pudiera darse cuenta, aquel chico la estaba besando.
Sora le apartó de un golpe, y él rió. Apolo y Jairo sonreían esperando a que acabara con ella, pero Irvin le apartó de un empujón y cogió a Sora en brazos.
-¿Por qué has hecho eso, Hanzel?- sonó como una simple pregunta curiosa, pero el chico se puso pálido.
-Me...me atrae, e íbamos a matarla, y bueno...
-Nadie ha dicho que vayamos a matarla. Ha pasado una semana encerrada sin moverse, sin comer y sin dormir. Es asombroso que haya conseguido hacerte frente durante tanto tiempo.Tiene fuerza y técnica, y a demás es inteligente. Terror se alegrará de tenerla. -Irvin depositó a Sora en uno de los sillones mientras Hanzel comentaba:
-De acuerdo. Quizá en otra ocasión tengamos la oportunidad de comprobar si habría sido capaz de vencerme de haber estado bien alimentada.- enfundó su espada y la sonrió.
-Bienvenida, Sora -murmuró Jairo- Parece que ahora eres de los nuestros.
Antes de darse la vuelta, Irvin la miró  los ojos, y a Sora le pareció ver un mar helado y embravecido que la ahogaba por dentro. Pero entonces Irvin esbozó media sonrisa, y aunque no cambió de temperatura, el mar dejó de agitarse.

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